Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

TRAVESÍA A TUAMOTÚ Y ESTANCIA EN EL ATOLÓN RAROIA. Del 8 AL 20 de agosto de 2014.

Unas cuatrocientas veinticinco millas nos separaban del archipiélago de Tuamotú y de Raroia, el primer atolón que pretendíamos visitar. Sin duda, Las Tuamotú eran el lugar que más ganas teníamos de conocer cuando iniciamos el viaje. Nos apetecía mucho ver esos curiosos atolones tal y como nos los imaginábamos: redondos, emergidos en medio de profundidades asombrosas, con sus lagunas interiores de aguas tranquilas, cocoteros alrededor, arena e increíble vida submarina. En breve sabríamos si la realidad se asemejaba a nuestras expectativas, pero antes, había que llegar a ellas en una travesía que, aunque no era muy corta, sí que lo era si la comparábamos con las casi tres mil millas que habíamos tenido que recorrer para llegar al archipiélago que ahora dejábamos atrás.

Salimos de Ua Pou con un previsto viento de ceñida no muy intenso. El sol brillaba y hacia más tolerable el fresco que sentíamos con ese viento que nos venía casi de cara. Por la tarde las cosas cambiaron de forma muy curiosa. Una capa de nueves altas, muy espesa y de una forma totalmente rectilínea, fue cubriendo todo el cielo sin dejar el más mínimo hueco donde se pudiera ver el azul. Cuando parecía que lo iba a cubrir por completo, ahí se quedó, paralizado, tapando casi todo el cielo como si fuera una manta. En esas estábamos, mirando el cielo y el curioso fenómeno cuando muy a lo lejos vimos un velero que llevaba un rumbo casi inverso al nuestro. Sabíamos que unos amigos nuestros franceses, que habíamos conocido en Venezuela, tenían intención de hacer esa travesía en estas fechas, por lo que les llamamos por radio. Efectivamente, era el velero Black Pearl. Estuvimos charlando unos minutos de nuestros planes y supimos que ellos habían encontrado trabajo en las Marquesas y que se iban a quedar allí el curso escolar. La verdad era que los franceses, con sus múltiples islas por todo el mundo, tenían una facilidad enorme para vivir navegando ya que cuando los ahorros escaseaban, siempre les era algo más fácil encontrar trabajo. Nosotros en cambio, pese a ser europeos, en la Polinesia Francesa no podíamos trabajar si hubiésemos querido. Nos despedimos de nuestros amigos con un “hasta pronto” y seguimos cada cual con su travesía, aunque ellos pobres, bastante cansados ya que las condiciones de navegación de Tuamotú a Marquesas no habían sido demasiado favorables.

Al atardecer el viento se incrementó un poco y aún lo hizo más por la noche. Sopló unos 26 a 27 nudos y los rociones eran bastante continuos. Decidimos entonces quitar algo más de vela de la que ya habíamos quitado para ir más cómodos.

El segundo día de travesía la navegación continuó en las mismas circunstancias. El cielo seguía tapado, el viento continuaba soplando de forma algo intensa aunque más de través y de vez en cuando, los rociones impregnaban el ambiente y a nosotros con él. Hacía bastante fresco y tuvimos que abrigarnos como pocas veces habíamos estado en zonas tropicales. Por la noche, hicieron acto de presencia varios chubascos que incrementaron ocasionalmente el viento hasta los 31 nudos.

El tercer día de travesía apareció soleado y el viento, aunque seguía soplando algo intenso, fue remitiendo poco a poco durante todo el día hasta que por la noche, las condiciones fueron realmente agradables lo que nos permitió disfrutar de una salida de luna preciosa ya que estaba enorme y muy roja. Esa noche, sólo tuvimos que preocuparnos de mantenernos distanciados de los dos primeros atolones de Tuamotú con los que nos cruzábamos: Tepoto y Napuka. Éstos no los íbamos a visitar porque no tenían entradas para barcos en sus lagunas.

El cuarto día de travesía fue una maravilla, con un viento que no excedió de 15 nudos, una ola muy pequeña y un sol totalmente destapado. Animados, intentamos pescar pero no tuvimos éxito y comenzamos a pensar que, con alguna excepción, nuestro señuelo favorito sólo funcionaba al amanecer y al atardecer. Pese a que no había mucho viento ese día, fuimos quitando más y más vela a medida que pasaban las horas con el objetivo de no anticipar demasiado nuestra llegada a Raroia. Los atolones debían entrarse a unas horas determinadas y no convenía anticiparse para no alargar la espera frente al atolón demasiado tiempo. Y así pasamos también la noche, muy tranquila y únicamente preocupados por no correr demasiado. El día 12 de agosto, amanecimos frente a nuestro destino, el atolón de Raroia.

Las Tuamotú eran conocidas antiguamente como el archipiélago peligroso porque los atolones son muy bajos –apenas unos pocos metros de altura- y sólo son visibles a muy pocas millas de distancia por lo que los peligros para la navegación eran evidentes. Con la generalización de la navegación satelital la cosa se ha simplificado muchísimo porque además, comprobamos que las cartas CMAP y las Garmin, eran precisas respecto a los contornos del atolón. Sin embargo, navegar por las Tuamotú aún tenía ciertas dificultades. La más conocida era sin duda la forma de entrar y salir de las lagunas interiores. Sólo unos pocos atolones de los setenta y seis atolones de las Tuamotú tenían entrada para barcos a sus lagunas y estas entradas se veían sometidas casi la totalidad del tiempo a fortísimas corrientes, a veces incluso de 10 nudos según habíamos leído. Estas corrientes se debían principalmente a la diferencia de nivel de agua que las mareas creaban entre el exterior y el interior del atolón. La enorme masa de agua que cabía dentro del atolón debía llenarse o vaciarse a través de las pocas entradas de agua que había a la laguna cada vez que la marea subía o bajaba. Así pues, las corrientes eran muy fuertes y sólo se relajaba la situación en ciertos momentos muy puntuales. Nuestras guías en inglés llamaban a esos momentos como “slack water”. El slack water se solía producir en la mayoría de atolones en la pleamar y en la bajamar por lo que había que saber cuándo se producía esas situaciones en cada atolón. La NOAA norteamericana–una especie de Aemet (Agencia Española de Meteorología) pero en gigantesco-, daba datos de mareas para el Atolón de Rangiroa. MeteoFrance por su parte, la agencia francesa, daba tabla de mareas para tres atolones más: Hao, Fakarava y Makemo. Para el resto de atolones, una guía que leímos decía que sabiendo la marea de Rangiroa se podía calcular las mareas del resto de atolones porque la diferencia con Hao era de una hora y dieciocho minutos. Así pues, sabiendo que la longitud que separaba a Rangiroa y Hao producía una diferencia de mareas en ese tiempo, si sabías la longitud del atolón al que querías entrar sabías la hora en que se producía –aproximadamente- la pleamar o la bajamar en ese atolón haciendo simplemente una regla de tres. Esto que podía parecer fácil, se complicaba un poco en ciertos atolones de grandes dimensiones y es que el slack water, no coincidía con la bajamar y la pleamar ya que como el atolón era tan grande, el agua tardaba bastante en desaguar o llenarse. La diferencia podía llegar a una hora y media como por ejemplo en Makemo. Además, si el viento había soplado fuerte los últimos días y las olas eran grandes, todo podía variar y las corrientes de entrada y salida aún podían ser más fuertes o, incluso, estar permanentemente saliendo o entrando durante un día entero. Y si no fueran pocas las complicaciones de la cosa, además, la luna estaba llena, todo podía irse al traste como comprobaríamos nosotros en la salida de Makemo y en la entrada de Tahanea. Nos enteramos de otra forma de averiguar el slack water con los datos de salida y puesta de la luna. Tres o cuatro horas después de la salida de la luna se producía un slack wáter, poco después empezaba la entrada de la corriente en el atolón, una hora después de la puesta de la luna empezaba a salir la corriente y tres o cuatro horas después de la puesta de la luna se producía otro slack water. Finalmente, una hora antes de que la luna estuviera pasando por el meridiano superior, la marea entrante empezaba. Por internet obtuvimos un excel llamado “Current Guestimator” cuyo autor ya decía que los datos que proporcionaba eran una estimación y aunque nos funcionó un par de veces, nos falló otras muchas o nos daba datos muy contradictorios con los otros sistemas. En conclusión, averiguar el momento idóneo de entrada y salida para los atolones era algo complicado para nosotros y sólo nos quedó estimar una hora aproximada de la pleamar y la bajamar y después, una vez delante del atolón, tener la paciencia de entrar cuando las señales visuales te indicaran que era el momento correcto, lo que tampoco era siempre evidente.

Nosotros, ese día de llegada a Raroia, estábamos ya frente a nuestro primer canal de entrada en las Tuamotú. Las condiciones eran ideales porque no había casi viento y muy poca ola. Habíamos llegado muy pronto según la hora que teníamos calculada de slack water y las visión del agua frente al canal así nos lo confirmaba ya que había rompientes bastante grandes creadas por el choque de la corriente saliente del agua del interior del atolón con el agua del mar. Como las condiciones del mar así nos lo permitían, nos quedamos flotando sin velas y sin motor cerca del canal observando cómo evolucionaba el tamaño de las rompientes. Una media hora antes de que fuera la hora estimada de slack water, pusimos el motor y nos aproximamos al canal metiéndonos un poquito en la corriente que era claramente visible para notar que fuerza tenía. ¡Qué remolinos! Era totalmente como un río. Más cerca del atolón, justo a la salida del canal y un poco más adentro, la corriente tenía unas rompientes como si fueran las aguas bravas de un río de montaña donde se practica rafting. Era curiosísimo e impresionante. Decidimos esperar un rato más a que aquello se relajara. Llegada la hora de slack water prevista, la rompiente se había reducido pero seguía existiendo. Decidimos entonces hacer una prueba y poco a poco, nos mentimos en la corriente que continuaba saliente. Al principio, el barco avanzó lentamente, pero avanzó. Habíamos ido por el extremo lateral de la corriente intentando encontrarnos con una fuerza menor pero a medida que el canal se estrechaba, la corriente saliente casi abarcaba con la misma intensidad la totalidad del canal. Además, la proximidad de los bajos te obligaba a meterte más en medio del canal si no querías arriesgarte a tocar con el fondo, y así, fuimos colocándonos en medio de la corriente. Al final, no quedó otra que meternos entre las rompientes producidas por el choque de la corriente con el mar. Las rompientes no eran grandes porque la corriente no era fortísima pero aquello era como estar en un barco en medio de un enorme jacuzzi. El agua salpicaba por todas partes y el Piropo flotaba alocadamente. Pasamos la zona de fuertes turbulencias y rompientes y nos adentramos aún más en la zona estrecha del canal. Allí sólo había corriente saliente y por tanto, la velocidad del agua en nuestra contra aumentaba aún más, por lo que el avance del Piropo cada vez era menor. En ese momento ya sabíamos que nos habíamos equivocado bastante escogiendo la hora de entrada en el atolón pero la idea inicial era probar la corriente y como veíamos que avanzábamos, continuamos para ver si conseguíamos entrar. Ahora, la velocidad de avance era ridículamente baja. Era tan difícil apreciarla a simple vista que miramos la pantalla de la velocidad del GPS de mano para notarla. En ese mismo momento vimos que de repente, nos aceleramos bastante. ¡Qué raro pensamos! Pero enseguida comprendimos por qué y es que no habíamos puesto la proa exactamente contra la corriente y ésta, al más mínimo desliz, nos estaba empujando en dirección contraria. Nos aproamos a la corriente de nuevo y como era muy difícil ver todo a simple vista, optamos, además, por utilizar el GPS de mano con la pantalla del mapa con la escala mayor  -1 cm-5m-. De esta forma, se veía el escaso avance que se producía y lo mejor, si el avance no se producía exactamente en contra de la corriente, el GPS te delataba inmediatamente ya que la corriente te echaba hacia fuera sin contemplaciones. Con la ayuda del GPS comprobamos que cada bastantes segundos el barco sólo avanzaba un metro o dos. La velocidad efectivamente era ridículamente absurda pero veíamos que al menos avanzamos y así seguimos. Afortunadamente, la entrada de Raroia era amplia y la altura del sol era adecuada para ver los bajos. Aunque nuestra entrada no estaba siendo ideal ni mucho menos, no observamos excesivo peligro porque las rompientes que habíamos dejado atrás no eran grandes y por ello, si en algún momento no podíamos continuar, siempre podíamos darnos la vuelta inmediatamente y salir por donde habíamos entrado sin ningún problema. Al final, con mucha paciencia, pasamos la parte más estrecha del canal y a medida que el canal se ensanchaba de nuevo, la corriente en contra disminuyó y nuestro avance fue creciendo en velocidad. Por fin, estábamos entrando. Al poco, ya podíamos considerar que estábamos en la laguna sin corriente en contra. ¡Habíamos entrado a nuestro primer atolón! ¡Qué alegría! Mientras nos encaminábamos hacia el lugar que teníamos previsto de fondeo pensamos cómo había sido tan difícil entrar en el atolón. ¿Tan equivocadamente estábamos con la hora del slack water? Enseguida comprendimos que sí y es que los cálculos de la hora exacta de entrada no habían servido para nada porque… ¡teníamos mal ajustada la hora local!¡Qué fallo! La hora del GPS, que se actualizaba automáticamente nos dio la pista. Nosotros, durante la travesía a Tuamotú, habíamos modificado la hora en nuestros relojes en base a un libro, pero al parecer, como comprobamos en ese momento con el GPS y otros libros, estaba equivocado. Justamente habíamos utilizado la única referencia que teníamos equivocada. Lo que ponía el libro equivocado efectivamente no era demasiado lógico y así lo pensamos en su momento, pero no le dimos más vueltas y en vez de retrasar media hora la hora de Marquesas, la adelantamos tal y como decía el libro. ¡Así había la corriente que había! ¡Nos habíamos adelantado una hora al slack water!

La mayoría de los atolones en Tuamotú, tienen balizada suficientemente sus canales de acceso. Además, en ocasiones, este balizamiento continuaba hasta llegar al pueblo que solían tener casi todos los atolones con entradas a las lagunas. Por lo demás, el resto de la laguna estaba sin balizar y tampoco estaba sondeada por lo que no había carta de navegación que te sirviera y sólo podías utilizar para navegar por ellas tu propia vista. Necesitabas por tanto buena luz. Si la luz era buena porque el día estaba despejado y el sol alto, los posibles obstáculos se veían facilísimamente. Además, los peligros eran muy pocos, sólo algunas cabezas de coral que aparecían en el inmaculado azul de forma evidente, y algunas granjas de perlas en los atolones que las tenían. Las cabezas de coral podían aparecer en cualquier lugar aunque estuvieras en fondos muy profundos por lo que siempre debías estar atento. En Raroia, usando el canal de acceso, el peligro de toparse con algo no existía y llegamos sin problema al fondeo que había delante del pueblo. Allí, echamos por fin el ancla un poco cansados por la travesía y por los nervios de la entrada al atolón.

El fondeo delante del pueblo no era ideal porque el fondo, aunque tenía espacios de arena, tenía muchas cabezas de coral sumergidas y tenías que buscar espacios donde mejor se acomodara el ancla y la cadena. Esta fue la tónica general en casi todos los fondeos de las Tuamotú. Aún así, aunque buscaras huecos suficientes, como el viento a medida que pasaban los días rolaba, normalmente entre el norte y el sur pasando por el este–nunca vimos vientos de componente oeste en la época en la que estuvimos- la cadena tocaba con las piedra del fondo y en ocasiones, se podía enganchar. Con el paso de los días decidimos poner un orinque al ancla para poder tirar de él en caso necesario y para saber si la cadena estaba trabajando recta o si por el contrario, se había trabado con una cabeza de coral.

Por lo que habíamos visto en Raroia, parecía que los atolones no nos iban a defraudar en cuanto a su belleza. Los atolones surgían de golpe desde los miles de metros de profundidad del Pacífico. El borde exterior era una roca de color rojizo casi lisa por el efecto del continuo embate del mar. Tras este borde, normalmente había un suelo también liso de varias decenas de metros de anchura –a veces mucho más- de un color casi blanco que estaba ligeramente sumergido y por el que se podía caminar si la marea estaba baja y el mar no demasiado embravecido. Más allá, solía estar amontonados a modo de playa de guijarros, enormes cantidades de trozos de coral que subían en ocasiones hasta un par de metros de altura y luego, la tierra comenzaba a coger consistencia y empezaba a aparecer la vegetación en forma de pequeñas hierbas primero y enseguida, altos cocoteros, árboles más bajos y arbustos. Esta era la zona amplia del anillo del atolón que llegaba hasta la misma laguna interior. La costa de la laguna solía ser de roca coralina o de arena de un color blanco inmaculado o rosacea. Sin embargo, todo el anillo del atolón no solía estar emergido de forma uniforme y las partes emergidas (islas de mayor o menor tamaño llamadas motus) se combinaban con partes que eran simplemente una cadena de arrecifes semisumergidos. Estas partes llegaban, en ocasiones, a ser más de la mitad del anillo del atolón. Lo que más nos gustaba sin duda de los atolones y que pudimos comprobar sólo entrar en la laguna de Raroia, era el asombroso contraste de colores que se observaba en el paisaje. El color azul turquesa del interior de la laguna, que tenía muchas decenas de metros de profundidad, se iba convirtiendo gradualmente en un azul más claro hasta llegar a un azul aguamarina precioso. En la orilla, el blanco habitual de la tierra emergida contrastaba a su vez con el verde intenso de los cocoteros. Era sin duda un paisaje único en el mundo. Eso y su lejanía, nos hacía entender que para muchos, los atolones de las Tuamotú fueran lo máximo de lo exótico.

El fondeo frente al diminuto pueblo de Raroia no estaba muy bien protegido de los vientos pero afortunadamente, esos días el viento iba a ser muy flojo y estuvimos de maravilla. En la bañera del barco, a la sombra del sol tropical, refrescados por la suave brisa, nos deleitamos del paisaje en unas aguas totalmente planas y azules. Qué maravilla.

Al día siguiente, desembarcamos pronto en el pueblo para conocerlo. Había un muelle nuevo que debía ser de reciente construcción donde dejamos amarrada a la Poderosa. Allí, en las aguas azules como si fueran de una piscina, vimos a nuestro primer tiburón puntas negras de las Tuamotú. Luego veríamos tantos, que ya dejarían de sorprendernos. El pueblo era diminuto, con pequeñas casas bajas muy sencillas de material prefabricado o madera. Todas contaban con placas solares y enormes depósitos de plástico negro de varios metros de altura donde se acumulaba el agua que recogían sus tejados. Las calles estaban muy tranquilas y casi no se veía a gente. Se veían, eso sí, a varios operarios de limpieza que recortaban la vegetación y barrían las calles que en cuanto nos veían, paraban momentáneamente sus quehaceres y nos saludaban muy amigablemente. Más allá vimos al aire libre una capilla muy pequeña de piedra con unos bancos también de piedra puestos sobre la arena donde se debían dar misas en alguna ocasión. Más alejada, había una iglesita de 1875 muy coqueta y colorida. Al lado del mar había un colegio relativamente grande de reciente construcción, una enfermería donde se atenderán a las pequeñas enfermedades y un edificio de principios de siglo que era del gobernador de esta zona de la Polinesia Francesa. Muy cerca de todo ello nos impresionó ver un edificio de varias plantas, elevado sobre fuertes pilares, también bastante moderno, con un letrero que no dejaba ninguna duda sobre su destino: refugio de supervivencia. La verdad es que cuando vimos el edificio no aterró imaginar los efectos que un huracán o un tsunami podía tener sobre un atolón tan poco elevado sobre la superficie del mar. Al final del pueblo, el diminuto asentamiento poblado contaba con un aeropuerto con su camión de bomberos y todo. La verdad, es que entendíamos porqué los Polinesios seguían estando tan satisfechos de pertenecer a Francia y es que para lo diminuto que era el pueblo, los servicios con los que contaba eran sorprendentes. Paseamos hasta poder observar por primera vez y de cerca la parte exterior de los atolones y como estaban conformados, y más al norte, llegamos a una granja de perlas. A la entrada se veían un montón de enormes ostras amontonadas y más allá, se veía a la gente trabajando en una pequeña nave. En ese lugar era donde se preparaban las ostras que luego se colocaban en boyas en medio de la laguna y donde más tarde, una vez las perlas habían crecido en el interior de la ostra, se extraían. En ese mismo lugar preguntamos si se podía comprar alguna perla como recuerdo y nos dijeron que no, que no se podía allí ni en ningún lugar. Nos extrañó la respuesta pero supusimos que se refería a que no estaban las granjas autorizadas a vender perlas y que debían ser establecimientos concretos. Más tarde leímos que efectivamente eso era así.

Volvimos a desembarcar de nuevo en el pueblo a la mañana siguiente. Esta vez llamamos a nuestra familia desde una cabina telefónica y una señora nos indicó donde podían comprarse comestibles. Al parecer, había dos sitios posibles y eso que las guías náuticas decían que no había ningún sitio donde comprar. Sin duda, las cosas cambiaban. Raroia se veía muy civilizado, con muchos servicios, y pensamos que poco a poco, viajar por el mundo ya no sorprendería tanto porque en todos lados podrías encontrar las mismas cosas. Y como no, vimos hasta coches. En un diminuto pueblo que apenas tenía unos cientos de metros para caminar también había coches. Aunque pocos, eso sí. Algunos eran todoterrenos que se utilizarían para cargar cosas pero también vimos algún turismo. Pese a todo, aún había pequeñas sorpresas y la tienda de comestibles resultó ser una habitación de una casa. Allí, al lado de la cocina, unas estanterías organizaban la pequeña tienda y la señora atendía a través de una ventana que daba a la terraza. Sobretodo tenía latas y algo de carne congelada pero no tenía casi nada de verdura ni fruta fresca, solamente cebollas, naranjas y manzanas.

De vuelta al barco, como el sol ya estaba suficientemente alto, levantamos el ancla y nos fuimos a visitar la parte este del atolón. La navegación la hicimos a motor, primero para esquivar las boyas destinadas a la cría de ostras perlíferas y más tarde, por miedo a toparnos con alguna patata de coral. Sin embargo, comprobamos que no había ningún problema y con buena luz, podía observarse todo muy bien. La profundidad de la laguna era inmensa porque, en ocasiones, el profundímetro dejaba de marcar y todo. En esas profundidades, de vez en cuando, aparecían pequeñas o grandes cabezas de coral de la nada. Era en verdad, realmente sorprendente. Al llegar al lugar de fondeo previsto, echamos el ancla en doce metros cerca de una zona donde había mucha menos profundidad a juzgar por el color aguamarina del agua. No había nada de ola y el entorno era precioso. Qué azules. Y toda la barrera de coral estaba salpicada de islitas pequeñas o motus de arena blanquísima y cocoteros. ¡Y estábamos solos! En toda Raroia, no veríamos a ningún velero más excepto los dos catamaranes alemanes que habíamos visto en el pueblo.

El siguiente día amaneció bastante lluvioso y aprovechamos para recoger agua de lluvia con nuestro toldo. Teníamos aún agua de sobra pero siempre iba bien tener las máximas reservas posibles. Por la tarde, el cielo dio una tregua y fuimos a una pequeña isla no muy lejana con La Poderosa. Allí, en esa misma isla, fue donde en 1947 Thor Heyerdal con su mítica embarcación de troncos llamada Kon-Tiki, finalizó su larga travesía desde Perú queriendo justificar que la islas del Pacífico fueron habitada por indígenas provenientes de Sudamérica –lo que después se demostró incorrecto-. Allí, en medio de la vegetación de la pequeña isla, una pequeña placa conmemoraba la aventura. Era una tontería pero nos hacía gracia estar allí. Justamente donde la Kon-Tiki se había estrellado contra los arrecifes. Viendo el lugar nos acordamos del libro que hacía poco habíamos leído e intentamos imaginarnos a los tripulantes haciendo fuego y los habitantes de la aldea, de donde acabábamos de venir, viniendo a rescatarles.

Caminando entre las rocas de la orilla, un cangrejo huyendo a toda velocidad nos delató la presencia de un pulpo que lo acababa de intentar cazar. Al pobre le salió mal la jugada porque el cazado iba a ser él. Íbamos a tener pulpo a la gallega para cenar. Más adelante veríamos otro pulpo pero ya tendríamos suficiente con uno y lo dejamos estar.

Un día más tarde, desembarcamos en la pequeña isla que teníamos justo enfrente y que sólo tenía dos palmeras. Nos entretuvimos mucho paseando por allí y viendo entre las rocas pececillos mariposas, un jurel enorme, algún tiburón puntas negras y muchísimas morenas. El arrecife exterior de los atolones iba a estar siempre poblada por ellas. Largas, con unos afilados dientes y con una forma parecida a la de una serpiente pero aplanada de arriba abajo, resultó ser un animal muy asustadizo. Sin embargo, siempre andábamos con cuidado no fuera que una nos diera un bocado. A una de ellas, desde atrás para que no se asustara al vernos, le pusimos un palito en la boca y lo mordió con muchas ganas y fuerza.

De regreso al barco, volvimos a cambiar de fondeo y nos dirigimos un poco más al sur. De camino pasamos cerca de una granja de perlas cuyas boyas se veían bastante bien. Sin embargo, nos asustamos porque vimos, a pocos metros de profundidad, alguna boya semisumergida que debía estar abandonada. Esta no iba a ser la única vez que veríamos boyas abandonadas flotando a dos aguas atadas en el fondo. Afortunadamente, nunca tocamos ninguna de ellas.

El nuevo fondeo era totalmente un paraíso. La isla de enfrente era más grande y tupida de cocoteros que la anterior por lo que nos refugiaba especialmente de los vientos de este. Las aguas eran muy tranquilas y de un color precioso. Íbamos a estar muy bien allí. Enseguida desembarcamos en el lugar y observamos que había muchos pulpos. Sin embargo, la abundancia de rocas les facilitaba la huida y no nos fue posible coger ninguno con las manos. Uno de ellos, asustado por nuestros intentos de cogerlo, se defendió lanzando un chorro de tinta para esconderse y, casi inmediatamente, hicieron acto de presencia dos tiburones, un tiburón puntas negras y otro que nos pareció un tiburón gata leonada. Es increíble la capacidad que tienen esto animales de detectar dónde se estaba produciendo algo anormal y de presentarse allí rápidamente.

Seguimos el paseo y encontramos una ostra salvaje. Nos la llevamos al barco para probarla y de paso ver si tenía perla. Cuando la abrimos vimos que no tenía perla y que, además, la carne no era como las que se comían en España. Era negruzca y viscosa y sólo la probamos un poco sintiéndolo mucho.

El 17 de agosto amaneció un día precioso tras los dos días anteriores en que las nubes y los chubascos no cesaron apenas. Ese día, en cambio, no había ni una nube en el cielo. Desembarcamos en tierra y paseamos hasta el arrecife exterior del atolón. Allí las olas rompiendo contra el arrecife eran un auténtico espectáculo formando grandes columnas de espuma. Por los alrededores había cangrejos y pececillos de varios tipos. Encontramos entre las piedras del arrecife una especie de laguna de grandes dimensiones que el cambio de marea había creado y que tenía un solo desaguadero. La marea seguía bajando y los peces que habían entrado allí, poco a poco iban saliendo. Nos entretuvimos entonces capturándolos con nuestro cazamariposas. Normalmente, si iban solos o relajados, ninguno quedaba atrapado en la red pero en cambio, si iban en grupos y los asustábamos por detrás, llegábamos a capturar varios en la red. Nuestro sistema de pesca no era muy original porque en aquella especie de canal de desagüe usaban también esa técnica un montón de morenas. Ellas se acumulaban en determinados puntos con la boca abierta hacia la corriente esperando alguna presa. En un punto incluso, llegamos a contar más de diez juntas y algunas eran de bastante buen tamaño. Para observarlas de cerca, cogimos con nuestra red a una de las morenas de mayor tamaño y después la liberamos. De los otros peces que capturamos, tampoco nos quedamos ninguno porque no sabíamos si podían tener ciguatera. Quizá fuésemos demasiado asustadizos pero era tonto arriesgarse. Había poco que ganar y mucho que perder. Sin embargo, aunque no los queríamos para comer, capturamos muchos peces sólo por diversión que liberamos inmediatamente. La mayoría de ellos creemos que eran mujoles.

Tras regresar al barco a comer, volvimos a desembarcar en tierra a ver si podíamos pescar algún pulpo para la cena. Los pulpos al parecer no tienen ciguatera y había que aprovechar esa circunstancia. Sin embargo, nos costó encontrarlos en esa zona de la costa pero al final encontramos a tres. Uno se escondió inmediatamente y no hubo manera de cogerlo. Otro, Dani le disparó con el arpón pero no le dio y al asustarse también escapó. El tercero, sí que lo pudimos capturar pero al pescarlo con arpón, el pobre sufrió bastante más que el que habíamos pescado dos días antes con las manos. Esta vez, como el pulpo era más grande, nos dio para hacer pulpo a la gallega por la noche, y spaghettis de pulpo al día siguiente.

El 18 de agosto, cuando el sol ya estaba a cierta altura, navegamos un poco más hacia el sur del atolón. Al principio la visibilidad fue buena pero poco a poco el cielo fue tapándose y las cabezas de coral cada vez eran más difíciles de ver. Al final, el cielo se tapó del todo e incluso se puso a llover y así, el avance se hizo realmente dificultoso por la escasa visibilidad. Aún así, como la lluvia era ligera, si te fijabas bastante, las cabezas de coral sumergidas aún eran visibles. Tras diez millas de travesía, llegamos al sitio donde existía un fondeo relativamente bueno según una referencia que obtuvimos por internet de unos navegantes americanos. Sin embargo, a nosotros el lugar no nos gustó mucho. Había muchísimas cabezas de coral y los espacios entre los corales no eran muy amplios para el día cambiante que hacía así que decidimos deshacer lo andado un par de millas y fondear en un motu muy bonito que habíamos visto de pasada. Cuando llegamos al lugar que deseábamos, el fondo tampoco nos pareció tan bueno como queríamos pero aún así, echamos el ancla porque se acercaba un chubasco realmente intenso y una vez dentro de él, ya seguro que no íbamos a ver nada. Enseguida, cinco tiburones puntas negras nos vinieron a recibir muy “simpáticos”.

Por la tarde decidimos descargarnos una meteo por el teléfono satélite. Esta vez nos costó 13 dólares. Cada día nos costaba más. No entendíamos el motivo cuando en España, en las pruebas, nos costaba tres dólares. En los siguientes atolones, estas cantidades se incrementarían rondando los 18 y 19 dólares cada descarga, e incluso a veces, superaron los veinte. La verdad era que estamos bastante indignados con el servicio de Inmarsat. Francamente, nos parecía un timo. Primero, prometían en la publicidad que el Inmarsat IsatPhone Pro era adecuado para descargarse datos y después descubrimos que si no utilizabas un programa de pago de otra compañía -por cierto bastante caro-, no se podía descargar nada. Luego, decían que las recargas tenían dos años de caducidad y enseguida quitaron esa condición pese a que cierta gente como nosotros, optamos por Inmarsat enfrente Iridium –no había más compañías en la fecha- únicamente por esa condición. Luego, comentaban que podías recibir mensajes gratuitos al teléfono desde una página web y esa página funcionaba sólo cuando les daba la gana. También decían que podías enviar mensajes a móviles y de todos los que enviamos en su día no llegó ni uno y eso que eran a móviles de compañías muy conocidas –por supuesto cobraron los mensajes-. También decían que tenías una cobertura global excepto en los polos y cada vez que estábamos más adentrados en el Pacífico, las descargas de meteorología tardaban y costaban más. Además, siempre que nos llamaban, aunque el teléfono estuviera apagado, costaba dinero al que llamaba. Lo mismo nos pasaba a nosotros si llamábamos a un teléfono que estuviera apagado o fuera de cobertura, también nos cobraban. Y lo peor de todo, no existía ningún servicio de información donde pudieras consultar nada. Por supuesto, tampoco tenían ningún servicio de reclamaciones. Todo funcionaba con esa compañía con un sistema de prueba-error que debía hacer el propio usuario donde la prueba, claro está, siempre costaba dinero. Si no te gustaba, pues nada, te aguantabas. Total, ya habías comprado el teléfono. De todas formas, este funcionamiento tan irregular, no nos sorprendía. Ya habíamos comprobado funcionamientos muy parecidos en España en muchas compañías, de telecomunicaciones, bancos, eléctricas, etc. Sin duda, era la moda general. Lo que se llevaba.

Con 16 dólares menos, supimos que el viento cambiaría esos días a norte. Justamente cuando estábamos más al sur. Tendríamos que habernos descargados la meteo antes pero claro, con los precios que costaba, siempre la estirábamos al máximo. Afortunadamente, el viento sería flojo y lo peor sólo sería esa noche. Cenando, el viento cambió y poco a poco, la ola fue creciendo. No hacía mucho viento pero era bastante inconfortable el meneo que enseguida se montaba en las lagunas de los atolones si no estabas totalmente resguardado, hecho que tampoco era fácil por la forma normalmente redonda de los anillos.

A la mañana siguiente temprano, desembarcamos en tierra. El motu era peculiar porque tenía bastante cantidad de pájaros. Era raro pero en los atolones no había excesivos pájaros. Se lo achacamos a que debe haber bastantes ratas. Veíamos muchos cocos extrañamente roídos y en una ocasión, vimos caer una rata de una palmera. Sin duda, era una plaga que estaba haciendo mucho daño a toda la fauna de la Polinesia. En Marquesas por ejemplo, desde los años noventa del siglo veinte –nos pareció un problema relativamente reciente- se habían extinguido muchos pájaros endémicos por las ratas y lo peor, otras especies de pájaros estaban a punto de hacerlo porque sólo quedaban algunas parejas de ejemplares. La protección de lo que iba quedando la hacía la poca gente local que había concienciada, por lo que, lamentablemente, poco se podía ya hacer.

En ese diminuto motu, en cambio, había extrañamente bastante fauna aérea. Vimos golondrinas marinas y los omnipresentes piqueros y fragatas. También había un pájaro con un pico muy alargado, curvo y fino que cuando volaba, gritaba muy escandalosamente. Por cierto, que horribles nos parecían las fragatas. Abusando de su enorme tamaño, siempre estaban quitándoles la comida a otros pájaros más pequeños que después de mucho esfuerzo, venían de mar adentro con algo de comida. Estos pajarillos, ingenuos, no daban el brazo a torcer e intentaban huir. Giraba y gritaban en el aire estrellándose a veces en el agua pero las fragatas los perseguían, solas o en grupo. En este último caso, rivalizaban entre ellas para ver quién podía cogerle la pesca. El pajarillo, al final, nada podía hacer y, o cedía y soltaba su captura o recibía un golpetazo -que le podía causar la rotura de un ala- y eso le hacía soltar igual su captura. Era la naturaleza cruel.

En el agua, tuvimos una pequeña decepción. Ignorantes, creíamos antes de visitar estas islas que la fauna marina sería increíble en la totalidad de la laguna pero no acababa de ser cierto. En la laguna había ciertamente muchos peces y todos extraordinariamente hermosos, pero sin duda, la fauna se concentraba en los canales de entrada donde sí que era un verdadero espectáculo meterse bajo el agua. En dichos canales, las corrientes debían arrastrar muchos nutrientes y los corales y los peces eran abundantísimos. Esa extraordinaria abundancia, compensaba sin duda la relativa escasez o falta de variedad del resto de la laguna y daba justa fama a la vida submarina de las Tuamotú.

De regreso al barco, decidimos cambiar de fondeo. La ola aunque no era peligrosa, ni mucho menos, era algo incómoda por lo que decidimos ir más al norte donde con las imágenes de Google Earth que teníamos descargadas, habíamos visto una zona donde un arrecife nos podría dar algo de protección. Tras la travesía, nos alegramos de no habernos equivocado. Allí se estaba muy bien. Por la tarde desembarcamos y tras pasear un rato, observamos que en la isla abundaban los cangrejos del coco, unos cangrejos terrestres que al parecer son comestibles. Decidimos probarlos y cogimos dos grandes. Ya en el barco, los cocimos y nos preparamos para degustarlos. La cosa no empezó muy bien porque mientras se cocían, tuvimos la feliz idea de leer sobre ellos y sobre lo que comían. Frutas, bien, cocos, bien, pero también… carroña, ¡que asco! Al principio, las patas tenían un sabor peculiar, como dulzón, quizá parecido al coco. No estaban demasiado mal. Sin embargo, era un sabor un poco raro y sobretodo cansino. Lo peor vino con el cuerpo. Cuando lo abrimos, vimos toda la caca de un color muy oscuro, casi negro y la carne de un color muy oscuro, tirando a morado. Eso, después de leer que podían comer carroña, ya nos hizo disgustarnos del todo con el cangrejito. Sin embargo, conseguimos comérnoslo. El sabor del cuerpo era como el de las patas, dulzón, pero mucho más fuerte. En conclusión: muy bien la experiencia pero nunca más.

El día 20 nos íbamos a ir a nuestro próximo atolón, Makemo, pero antes, debíamos llegar a la entrada. La travesía se hizo un poco más larga de lo prevista porque cuando nos íbamos acercando a la ciudad, nos topamos con una enorme extensión de la laguna sembrada de boyas de la granja de perlas. Intentamos ver si había un hueco para no dar un enorme rodeo pero enseguida vimos que no, y para confirmarlo, llegó rápidamente una barca fueraborda de unos trabajadores que estaban por allí, que muy amables nos dijeron que había que dar todo el rodeo.

Frente al pueblo, volveríamos a fondear simplemente para comer y esperar a que llegara la hora adecuada de marea para hacer la salida del atolón. Esperábamos que esta vez, no hubiera tantas dificultades como a la entrada.

En nuestra siguiente entrada contaremos como nos fue por el atolón de Makemo, nuestro siguiente destino.

Por si interesa a alguien, damos a continuación los waypoints aproximados de los fondeos en los que hemos estado en Raroia. Algunos son propios pero la mayoría son obtenidos de referencias de otros navegantes que ya son públicas. No son todos recomendables pero los damos por si a alguien le resulta de utilidad.

Fondeo Raroia 1: Frente al pueblo 16 02,34 S   142 28,25 W

Fondeo Raroia 2: 16 03,49 S   142 21,50 W

Fondeo Raroia 3: 16 06,25 S   142 22,69 W

Fondeo Raroia 4: 16 10,30 S   142 24,98 W

Fondeo Raroia 5: 16 13,65 S   142 27,21 W

 

¡Hasta la próxima!

 

   
   
   

2 comentarios a “TRAVESÍA A TUAMOTÚ Y ESTANCIA EN EL ATOLÓN RAROIA. Del 8 AL 20 de agosto de 2014.”

  • Hola,
    gracias por compartir vuestro hermoso viaje. La lectura del diario es muy amena y los detalles muy interesantes.
    Me llamó la atención vuestra descripción de las gentes y de la vida en Fatu-Hiva, pues coincide con lo que contaba Thor Heyerdhal en su libro sobre su estancia en esa remota isla 70 años antes.
    Los mejores deseos desde Gran Canaria. Con admiración,
    Víctor Martín
     

  • ¡ Que larga se me ha hecho la espera desde vuestra ultima publicación en las Marquesas !
    Creo que visitar esos atolones puede ser el sueño de cualquiera que navegue, el mío lo es, desde luego.
    Se os ve muy contentos. Un saludo, Fernando.

Publicar comentario