Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

PANAMÁ CONTINENTAL (2ª Parte): Cruce del CANAL DE PANAMÁ. Días 13 y 14 de febrero de 2013.

 

Nos dirigíamos ahora hacia un nuevo océano, el Océano Pacífico. El océano más grande del planeta y para nosotros, el que más nos atraía desde que comenzamos a planificar nuestro viaje. Ahora lo teníamos ya muy próximo pero antes, teníamos que cruzar el Canal de Panamá, una de las obras de ingeniería más impresionantes del mundo y cuya sola idea de cruzarlo creaba en nosotros algunos nervios. No solían ocurrir accidentes pero haberlos los había. Esperábamos que todo nos fuera bien y que el Piropo no sufriera ningún percance.

 

Sobre las 14 horas del día 13 de febrero de 2013 partimos del fondeadero existente delante del Club de Yates Caribe y nos dirigimos hacia el fondeadero de los “flats”, situado al otro lado de la pequeña península en la que estaba situada la ciudad de Colón. Allí, sobre las 17:30, debíamos de estar fondeados para que se embarcara el piloto de la Autoridad del Canal que nos asistiría en la primera parte del cruce, desde Colón hasta el Lago Gatún. Antes, se habían embarcado en el Piropo para ayudarnos Daniel Pérez y Stefy, del velero Katouska, que completarían la tripulación exigida para hacer el cruce del Canal. De esta forma, el padre de Dani, Daniel Pérez, Stefy y Sandra, estarían cada uno en una de las líneas que sujetarían al Piropo en las esclusas mientras que Dani, estaría en el timón como capitán.

 

Como seguramente ya sabréis, el Canal de Panamá une el Mar Caribe con el Océano Pacífico cruzando el istmo de Panamá. Por la diferencia de alturas entre ese mar y ese océano y porque el Canal de Panamá transcurre por el Lago Gatún que está a 26 metros de altura, el canal de Panamá cuenta con una serie de esclusas que permiten salvar ese desnivel. Desde el Caribe, existe unas exclusas llamadas esclusas de Gatún que ascienden con tres cámaras hasta el Lago Gatún y desde este lago artificial existen dos esclusas de bajada hasta el Océano Pacífico, una de una cámara llamada Esclusa de Pedro Miguel y una de dos cámaras llamada Esclusas de Miraflores.

 

En el fondeadero de los “flats” echamos el ancla y esperamos a que se hiciera la hora convenida para que se embarcara el piloto. En el lugar habían otros cuatro veleros esperando, un yate de motor de cierto tamaño y varios pequeños mercantes. Teníamos ya el barco totalmente preparado con el material de rigor que se exigía para cruzar el canal. Por un lado, teníamos las cuatro largas y gruesas amarras que debían sujetar al Piropo en las fuertes turbulencias que se formarían en cuanto el agua entrara en las esclusas y por otro lado, teníamos los neumáticos que, cubiertos con plásticos, debían proteger los costados del Piropo ante posibles golpes. Todo ese material lo habíamos alquilado por 60 dólares y no supuso ninguna molestia el conseguirlo porque con una simple llamada a un agente, nos lo trajeron al barco y luego nos lo vendrían a recoger en el otro lado del Canal.

 

Con cierto retraso apareció en la zona de fondeo una barca que transportaba a varios pilotos de la Autoridad del Canal. Con la misma agilidad que lo había hecho el medidor días antes, nuestro piloto se embarcó en el Piropo y tras las presentaciones, comenzó a charlar sin ninguna prisa. De repente, le entraron de golpe las premuras y nos ordenó que levantáramos el ancla inmediatamente ya que según él, se nos estaba haciendo tarde. No entendíamos esas súbitas prisas cuando se acababa de pasar un buen rato charlando tranquilamente. Hicimos entonces la maniobra de levar del ancla como siempre, Sandra al timón y Dani en el ancla. Una vez en marcha, Dani bajó a encender a Fresita para conectar el GPS mientras Sandra permanecía al timón como era habitual. Entonces comenzó a notarse al piloto algo molesto y desagradable diciendo alguna frase que no venía a cuento e insistiendo mucho en que íbamos muy lentos. No entendíamos el motivo de esa actitud pero enseguida lo comprendimos. En cuanto Dani colocó todo y le dijo a Sandra que ya cogía él el timón, el piloto se retrató con una frase. -Será mejor.- dijo. Al parecer lo que le molestaba era que Sandra, una mujer, llevara el timón. Increíble. Si supiese que era ella la que habitualmente lo llevaba le hubiera dado una embolia.

 

Dejamos pasar a un enorme barco portacontenedores y nos pusimos inmediatamente detrás suyo ya dentro del Canal. En poco tiempo llegamos enfrente de las esclusas de Gatún. La noche ya había caído sobre nosotros y el complejo estaba totalmente iluminado por luces artificiales. Ahí iba a comenzar nuestro tránsito hacia el Pacífico.

 

Para pasar el Canal de Panamá hay varias posiciones posibles para los veleros en las esclusas. La primera es amarrados en la pared de la cámara. La segunda es en el centro de la cámara sujetos por cuatro largas amarras. La tercera es igual que la segunda pero abarloado a otro barco de similares dimensiones. En este caso un costado del barco está amarrado al otro barco y los otros dos costados de los barcos están sujetos con largas amarras a la cámara. La cuarta y última posición es estar abarloados a un remolcador de la Autoridad del Canal que se sitúa en la pared de la cámara. El problema de esta posición es que cada vez que el remolcador se mueve de una cámara a otra, el velero debe soltarse para abarloarse de nuevo en la siguiente cámara. La primera opción es sin duda la peor por peligrosa ya que las turbulencias que se crean en la cámara hacen que los costados del barco, e incluso la jarcia, puedan chocar con la pared de la cámara. Habíamos leído que la mejor situación era abarloado a un remolcador del Canal porque no hay que estar lascando y tesando las amarras pero nosotros, visto lo visto, no estamos muy de acuerdo con ello ya que deben de hacerse demasiadas maniobras dentro de la cámara. A nosotros nos tocó en todas las esclusas ir abarloado a otro velero en el centro de la cámara. En concreto nos abarloamos al pequeño velero británico Goblet. Y subiendo al Lago Gatún cada cámara la compartiríamos además con un enorme mercante, un remolcador del canal que iba detrás y un yate a motor que se abarloaba al remolcador (Sí, todo eso cabía en cada cámara).

 

Esas posiciones que hemos comentado se pueden elegir. El momento para ello es cuando el medidor viene al barco a medirlo. Entonces, se puede escoger las posiciones que se aceptan llevar en el cruce y las que se rechazan absolutamente. Si eres muy exigente, lógicamente, el tránsito por el canal se puede retrasar porque puede que no haya esa opción disponible durante unos días. Por eso, nosotros únicamente rechazamos el lateral de la cámara.

 

La primera maniobra que hicimos una vez estuvimos enfrente de la esclusa de Gatún fue acercarnos al velero Goblet. Nos abarloamos a él y nos sujetamos con amarras. Ahora éramos casi un catamarán en vez de dos veleros. De esta forma, ahora en cada barco sólo deberían trabajar dos “liners” y no cuatro. En nuestro caso trabajarían Daniel Pérez que ya tenía experiencia en otros cruces del Canal y Sandra. Mientras, Dani permanecería en todo momento al timón.

 

Tras abarloarnos, avanzamos hacia la esclusa empujados por el motor del Piropo ya que los pilotos consideraron que siendo nuestro barco de dimensiones ligeramente superiores a las del velero británico, debía ser el nuestro el que condujera al conjunto. Llegó entonces la situación que nosotros consideramos más peligrosa de todo el paso del canal. La esclusa estaba abierta y ya se había introducido en la cámara el mercante de grandes dimensiones y el remolcador al que posteriormente se le había abarloado el yate a motor. Así pues, nos tocaba a nosotros. Entonces había que hacer llegar nuestras gruesas y largas amarras a los trabajadores del canal que las sujetarían en lo alto de las paredes de la cámara. Para ello, se lanzaron desde arriba de la cámara, a más de 10 metros, unas cabos finos llamados guías que nosotros debíamos coger y a los que teníamos que sujetar nuestras amarras para que a continuación, los trabajadores tiraran de los cabos finos y pudieran alcanzarlas. Lo peligroso de la operación era que para lanzar las guías ponían en su extremo unas bolas de metal de bastante peso que si bien estaban algo acolchadas, podían romper todo sobre lo que cayeran, una escotilla, el aerogenerador, una placa solar, una cabeza… Sin duda, lo peor fue el lanzamiento de la primera bola que iba hacia el Goblet. La lanzaron erróneamente y cayó muy, muy cerca de la popa del Piropo por lo que pasó cerquísima del aerogenerador y de la placa solar. Dicen que es mejor no intentar coger las bolas al vuelo por lo peligrosas que son pero la alternativa es que cayeran encima del Piropo que para nosotros, era casi peor. Así que si podíamos, las cogíamos al vuelo. Afortunadamente, excepto el primer lanzamiento, los otros fueron certeros y no cayeron sobre nada que se pudiera romper. Los trabajadores del canal tenían bien dominado eso de lanzar guías. Una vez las guías estaban en nuestras manos, Daniel Pérez y Sandra sujetaron las amarras a ellas para que posteriormente los trabajadores del canal, tirando de las guías, consiguieran hacerse con las amarras en lo alto de la cámara. Ahora ya estábamos firmemente sujetos a la cámara. Ese día, ya no se tendría que repetir más la peligrosa maniobra de lanzamiento de guías ya que las tres cámaras de las Esclusas de Gatún son seguidas y pasaríamos de una a otra sin que las amarras se soltaran del todo.

 

Una vez sujetos, la esclusa comenzó a cerrarse detrás nuestro. Era impresionante ver esos paredones de acero que se iban cerrando poco a poco. Una vez cerrados, sólo nos envolvía los altísimos paredones de hormigón rugoso a los costados y las igualmente altísimas esclusas de acero por delante y por detrás. De esta forma, se evidenciaba la considerable altura que en poco tiempo, alcanzaría el Piropo.

 

Una vez cerrada la esclusa, el agua comenzó a entrar con bastante rapidez. Las turbulencias eran fuertes y todo aquello parecía un jacuzzi a gran escala. Dani, en el timón, poco tenía que hacer en ese momento excepto estar un poco vigilante. Los “liners” por su parte, sí que debían estar atentos y tenían que mantener siempre las amarras en un estado que no estuvieran ni muy tensas ni muy flojas.

 

Gradualmente, el nivel del agua fue subiendo hasta que finalmente, llegamos a la altura correcta que correspondía al nivel del agua de la siguiente cámara a la que pasaríamos. Entonces, la siguiente esclusa se abrió y el gran mercante se situó en la siguiente cámara. Le tocaba entonces el turno al remolcador del canal y al yate que tenía abarloado y en ese momento comprendimos porqué la posición de ir abarloado al remolcador no era tan buena como nos habían comentado. El yate tuvo ciertas dificultades en la maniobra ya que tenía que separarse del remolcador, mantenerse flotando más o menos quieto en el centro de la cámara, esperar luego a que el remolcador se situara de nuevo en la siguiente cámara, para finalmente aproximarse a él para abarloarse. Demasiadas maniobras que crearon bastantes dificultades al piloto del yate que casi se cruzó dentro de la cámara. Afortunadamente, pudo corregir esa mala situación y abarloarse finalmente al remolcador sin consecuencias negativas. En nuestra opinión era más sencillo estar en nuestra posición, en el centro de la cámara, y estar pendiente sólo de que las amarras estuvieran bien sujetas.

 

A continuación, pasamos a la segunda cámara. La operación era bien sencilla ya que sólo debíamos avanzar con cuidado hasta nuestra siguiente posición con las amarras que nos sujetaban bastante flojas pero sin soltarse. La operación de ascensión que se había hecho en la primera cámara se repitió en la segunda y de igual forma, hicimos la maniobra con la tercera cámara. Habíamos ascendido con el Piropo a 26 metros de altura y una vez se abrió la tercera esclusa, estuvimos ya en el Lago Gatún. Por primera vez, aparte de en las esclusas, el Piropo flotaba sobre agua dulce.

 

Ya en el Lago Gatún y justo saliendo de las Esclusas de Gatún, nos soltamos de nuestro compañero de travesía, el Goblet, viramos a babor y en muy poco tiempo, llegamos a la zona de fondeo para veleros. El lago Gatún tiene una gran profundidad y su fondo no es demasiado adecuado para tirar el ancla ya que existen restos de cuando todo aquello no era un lago sino selva, llena árboles y roca. Por ello, habían preparadas allí dos boyas de fondeo. La novedad para nosotros de esas boyas es que eran enormes, como dos grandes peonzas. En ellas teníamos que abarloarnos de costado dos veleros, uno por cada lado. Así, además de tenernos que amarrar a la boya tuvimos que amarrarnos entre los propios barcos para asegurar que durante la noche nos mantuviésemos paralelos y no nos chocásemos. La operación se hizo sin dificultad y ya una vez tranquilos, con la faena terminada por ese día, una barca del canal vino a recoger al piloto.

 

Tomamos entonces una cena fugaz y nos fuimos a dormir sobre las 23 horas. Nos distribuimos por el Piropo como pudimos, Sandra y la madre de Dani dormirían en el camarote de popa, Dani Pérez y Stefy dormirían en los sillones del salón y el padre de Dani y Dani dormirían en la bañera. Estos últimos, aunque durmieron a la intemperie, pasaron una buena noche ya que el agradable clima del trópico no les hizo sentir ningún frío. Es más, pasaron una noche tranquila bajo las estrellas. Los únicos sobresaltos los dieron los fuertes rugidos de los monos que sonaban de vez en cuando.

 

Al día siguiente nos levantamos a las 6 de la mañana. Desayunamos bizcocho que habría preparado Sandra y luego Dani, intentó probar las dulces aguas del lago Gatún. Nos habían comentado que eran limpias y agradables y de eso había que cerciorarse. Simplemente tenían un ligero inconveniente y es por allí podía haber algún cocodrilo. Sin embargo, en cuanto bajó por la escalerilla, se le quitaron las ganas. El agua estaba llena de limo en suspensión y la visibilidad se reducía a unos pocos centímetros. Así pues, habiéndose mojado sólo la cintura, volvió a subir por la escalerilla no fuesen a aparecer de golpe unos dientes desagradables.

 

Relativamente puntual, sobre las 6:30 de la mañana, apareció por la zona de fondeo la barca de la autoridad del canal con los pilotos a bordo. Uno por uno se fueron embarcando en los distintos veleros y en cuanto el piloto que nos correspondió se subió al nuestro, nos dijo que partiéramos inmediatamente. Comenzamos entonces nuestra travesía por el Lago Gatún. Era un lugar bastante bonito y pese a que el canal se había construido hace más de 100 años y que desde entonces existía el Lago Gatún tal y como hoy lo conocemos, aún se veían semisumergidos en el agua mucho árboles que conseguían mantenerse en pie, algunos vivos y otros muertos.

 

El piloto, a diferencia del que nos había tocado el día anterior, era muy simpático y muy hablador. Mientras navegábamos por el lago y posteriormente por el canal, nos contó muchas cosas del propio canal, de la vida en Panamá, de su vida personal, etc. Para recortar la navegación, nos indicaba que siempre hiciéramos el recorrido más corto en las curvas y por ello nos llevaba de lado a lado del canal de acuerdo a cómo iban viniendo las mismas. Tales maniobras no eran peligrosas porque si aparecía un mercante por proa permanecíamos navegando al lado de las boyas que señalaban los bordes del canal pero por su lado exterior.

 

El piloto fue muy agradable pero nos salió un poco tragón. No paraba de pedir comida aunque eso sí, muy educadamente. Sólo subirse al barco por ejemplo, y antes de que Sandra le pudiera ofrecer lo que había previsto para desayunar, le pidió unos huevos fritos. Sandra, además de los huevos le dio lo que había preparado, el bizcocho, un sándwich de jamón y queso, el café… la verdad es que el hombre no se podía quejar. A lo largo de la travesía no paró de picotear y de comer y parecía que llevaba años sin meterse nada en el estómago. Sin embargo, fue agradecido y al menos, al finalizar la travesía, le dijo a Sandra que era la mejor anfitriona que había tenido.

 

El día era soleado y caluroso por lo que la sombra que creaba el bimini fue utilizada en toda su extensión. Poco a poco, el Piropo fue avanzando dejando atrás el Lago Gatún, navegando por el Río Chagres e introduciéndose por el Corte Culebra que era la parte más estrecha del canal y por donde pasamos bajo el puente del Centenario. Finalmente, sobre las 12:30, después de varias horas, llegamos a la esclusa de Pedro Miguel, una esclusa de bajada de una sola cámara.

 

Frente a la esclusa de Pedro Miguel estuvimos un buen rato flotando permaneciendo en el medio del canal a la espera de que transitaran por la esclusa dos grandes mercantes. Tras su paso no tocó a nosotros. Ese día, la travesía por las esclusas las haríamos de forma diferente a la noche anterior ya que en las cámaras de las esclusas únicamente entraríamos veleros. Por delante iría un grupo de tres conformado por dos veleros y un catamarán que se abarloarían entre ellos en el centro de la cámara y justo después pasaríamos nosotros que iríamos abarloados de nuevo al velero Goblet.

 

El descenso por las esclusas fue muchísimo más fácil que la subida de la noche anterior y eso por los siguientes motivos. Por un lado, las guías para alcanzar nuestras amarras se lanzaban a mucha menor distancia porque los barcos estaban flotando a la máxima altura de la cámara. Por otro, las turbulencias del agua eran casi imperceptibles cuando se vaciaba la cámara a diferencia de lo que pasaba cuando entraba el agua. Así pues, nuestro transito por las esclusas de Pedro Miguel se hizo sin contratiempos y, tras el cruce del pequeño Lago Miraflores, el tránsito por la Esclusa de Miraflores se hizo de igual manera. Los “liners” David Pérez y Sandra, sólo tuvieron que ir templando la amarra sin demasiada preocupación aunque eso sí, siempre atentos.

 

La última compuerta de las Esclusas de Miraflores se abrió y por fin, llegábamos al Océano Pacífico. ¡Un nuevo océano para nosotros! Y para celebrarlo, abrimos unas bebidas. Navegamos entonces bajo el puente de las Américas y poco antes de llegar al Club de Yates de Balboa, una barca del canal vino a recoger a nuestro simpático piloto. Tras la despedida, continuamos hacia el Club de Yates de Balboa que es un club que sólo tienen boyas y por lo que pudimos observar, bastante ocupadas. Días antes, habíamos llamado por teléfono para intentar reservar una boya pero al parecer, no estaba disponible esa posibilidad. Sólo podía alquilarse una boya si cuando se llegaba, había una libre. Al acercarnos al club, vimos una boya libre y en ella nos amarramos pero al poco, desde el club nos dijeron que esa boya era de un barco que había salido a navegar y que no tenían ninguna boya disponible. Así pues, no nos podíamos quedar allí aunque aprovechamos la parada para que Tito, la persona a la que habíamos alquilado las amarras y las ruedas y que ya estaba esperando, viniera a recogerlas y de paso, en la misma barca, desembarcarían Dani Pérez y Steffy. Ellos al día siguiente pasarían de nuevo el canal pero esta vez con su barco. A ellos les ayudaría, tal y como explicamos en nuestra anterior entrada, una pareja de españoles del velero Duende, que les habíamos presentado nosotros y que tenían muchas ganas de tener la experiencia de cruzar el canal.

 

Tras el desembarco, partimos inmediatamente del Club de Yates de Balboa y nos fuimos a fondear delante del lugar conocido como La Playita de Amador. Allí la situación de los barcos fondeados nos hizo dudar en cómo y dónde echar el ancla ya que cada barcos estaba apuntando hacia una dirección distinta. Finalmente echamos el ancla en un hueco que nos permitía bornear sin temor a colisionar con ningún otro barco y por si acaso, echamos toda la cadena de que disponíamos ya que las mareas por aquella zona, en la parte pacífica de Panamá, son muy altas y pueden superar los cinco metros.

 

Ese día ya no dio para nada más. Estábamos derrotados. Comimos un poco, charlamos en la bañera y sobre las 21:00 horas ya estábamos durmiendo. Eso sí, sobre unas aguas distintas, el Océano Pacífico.

 

En nuestra próxima entrada os contaremos nuestra estancia en Ciudad de Panamá y nuestra pequeña travesía y estancia en la Isla de Taboga.

 

Un saludo.

 

   
   
   
   
   
   

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