Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

Travesía del Atlántico (Cabo Verde-Barbados). Del 1 de diciembre al 18 de diciembre de 2011.

 

¡Hemos cruzado el Atlántico! Os escribimos ya desde Barbados tras una entretenida travesía que, al contrario de lo que nos imaginábamos a priori, no ha sido nada pesada. Nos hemos sentido muy cómodos en el barco, hemos conseguido una rutina muy agradable navegando y, excepto por los momentos de relativo mal tiempo, la travesía ha sido unas agradables vacaciones en el mar.

 

La salida la teníamos prevista iniciar el día 30 de noviembre de 2011 y ese día, tras levantarnos y desayunar, nos pusimos a estibar todo bien con vistas a la travesía. También desmontamos la zodiac que por cierto, en los pocos días que llevaba en el agua, ya había creado algas en los bajos. Y ya cuando teníamos todo preparado para partir, enchufamos a Fresita y sorpresa, el programa de navegación, pese a que lo encendimos todo en el mismo orden que lo hacemos siempre, no se abrió. La maravillosa informática hacía de las suyas. Reiniciamos el ordenador y nada. Que oportuno. Llevamos varios días allí usando frecuentemente el programa para controlar que el ancla no garrease y nunca dio ningún problema, y justo cuando íbamos a levantar el ancla para la Gran Travesía, no funcionaba. Comenzaba a partir de entonces una mañana y parte de la tarde de pesadilla, intentando desesperados solucionar el problema con nuestros casi nulos conocimientos de informática. Aunque nunca usamos el teléfono satélite para hacer llamadas, inmediatamente llamamos a Fernando, el hermano de Dani, para ver si se le ocurría algo, una solución milagrosa, así, por ciencia infusa, en la distancia, sin darle pistas y en un segundo. Él es muy bueno pero eso que le pedimos es demasiado, aunque nos aconseja que probemos varias cosas. Nos ponemos a ello. Si queríamos que con toda seguridad nos solucionara algo en la distancia, tendríamos que estar al menos un ratito más al teléfono, acción que intentamos evitar para no arruinarnos y quedarnos sin el saldo que nos impida hacer una llamada de emergencia si lo necesitásemos.

 

Aparte de Fresita, teníamos preparados por si surgía algún contratiempo, nuestros respectivos ordenadores personales con los mismos programas de navegación. El problema de éstos es que como son de características y antigüedades diferentes, la forma de que funcionaran no era igual y por la falta de uso, no nos acordábamos bien de cómo había que hacer pese a que lo habíamos apuntado. Además, uno de ellos no tenía la solución que había añadido Fernando para superar el error que Windows tiene de interrumpir al cabo de unas horas la señal del GPS por lo que para superar una emergencia funcionaría, pero no sería cómodo. Así pues, nos pasamos la mañana probando cosas sobretodo en los otros dos, poner el GPS en uno de los puertos, en otro, en otro… cambiar la configuraciones del programa, probar uno de los GPS, el otro… y miles de cosas más. A lo largo de la mañana conseguimos que uno de los ordenadores de repuesto funcionara. Lo malo de ese es que es relativamente antiguo y la capacidad de la batería es muy pequeña. No obstante, el problema poco a poco se iba solucionando y ya más fríamente, pensamos que el problema inicial tampoco era tan grave porque cartas teníamos, y la posición, además del ordenador, la podíamos recibir a través de otros tres aparatos, la radio con DSC, el teléfono satélite y un GPS independiente que tenemos. Así pues, si no podíamos hacer funcionar los ordenadores, siempre podríamos ir señalando periódicamente la posición en la carta. Aunque claro, cuando uno se acomoda a tener en todo momento señalado el barco en su posición, cualquier diferencia parece incómoda. Al final, después de cientos de pruebas, desinstalamos el programa de navegación en Fresita y lo volvimos a instalar siguiendo los apuntes que teníamos de la “clase” acelerada de solución de problemas que el hermano de Dani nos dio un día cuando nos entregó a Fresita. Y en ese intento, por fin, conseguimos que el programa funcionara correctamente. Eran las cuatro de la tarde.

 

Como se había hecho tarde decidimos quedarnos esa noche en Mindelo y partir al día siguiente y de paso, comprobábamos que todo funcionara correctamente. Por la tarde, para celebrar que todo volvía a estar controlado, Sandra hizo un arroz con leche.

 

El día uno, Fresita continuaba funcionando correctamente por lo que levantamos ancla y nos dirigimos a la marina a cargar el poco gasoil que habíamos gastado en la travesía de Canarias a Cabo Verde y agua, ya que de eso sí nos faltaba bastante después de ocho días de travesía y todo el tiempo que llevábamos en Mindelo sin poder usar agua del mar para lavarnos y cocinar dado lo sucia que estaba el fondeadero. Aunque llevábamos mucha agua embotellada y para la travesía hubiéramos tenido suficiente, queríamos partir absolutamente llenos de todo.

 

Había hasta 20 nudos en la bahía por lo que estábamos un poco intranquilos con la maniobra de amarre en la gasolinera. No obstante, en ella no encontramos ningún barco y amarramos sin ningún problema. Cargamos gasoil rápidamente pero en cuanto al agua, al parecer había algo estropeado en la marina y no podían suministrarla en ese momento. Tendríamos que volver más tarde para ver si ya funcionaba. Menudo contratiempo. Tendríamos que desamarrar e irnos a fondear de nuevo para volver más tarde sin hora definida. El marinero nos dijo que volviéramos por la tarde aunque el jefecillo de los marineros nos dijo que en dos o tres horas estaría solucionado. Para evitar las maniobras le pedimos al marinero que nos dejara amarrar un poco más adelante de la gasolinera ya que en el mismo pantalán había un espacio. Él se negó porque dijo que era un amarre de pago pero como nosotros insistimos accedió a que dejáramos el barco un rato ahí hasta que hubiera agua. Así, sólo teníamos que correr el barco hacia delante en una sencillísima maniobra. Sólo había que vigilar una pequeña esquina que se formaba entre la gasolinera y el amarre porque éste estaba un poco más metido. Dani iba delante tirando de la amarra de proa, Sandra se puso al timón por si había que darle un empujé al barco con el motor y el marinero iba en el costado del barco, en teoría, controlando ese lado. La maniobra era ridícula y sólo había que tener cuidado en sujetar un poco el barco cuando pasáramos por la esquina. Al ir acercándose a la esquina, Sandra advirtió al marinero pero él debía estar en la luna y no hizo nada. Dani, viendo que no hacía nada le dijo también que sujetara ese lado pero parecía empanado y no lo hizo con la fuerza necesaria por lo que el barco, aunque suavemente, se acabó apoyando en la esquina. Dani dejó la proa y fue allí corriendo para separarlo. El barco había rozado ligerísimamente y no se notaba ninguna marca, pero no se entendía que el marinero dejara que el barco tocara el pantalán cuando la sujeción que había que darle al barco era poquísima. Es sorprendente que unas personas que trabajan de marineros sean tan poco capaces en su trabajo. Pasó lo mismo en Cartagena cuando un marinero, que sólo debía sujetar la proa mientras amarrábamos, se despistó y el barco al final tocó el pantalán pese a que él mismo tenía cogida la proa. Para eso preferimos que no nos ayude nadie y ya nosotros nos apañamos. Pero claro, como la mayoría de marineros son competentes, te fías y pasa lo que pasa cuando te encuentras con alguno de los inutilitos. En fin, que todo sea eso.

 

Al poquísimo de esperar, apenas unos minutos, nos dijeron que ya tenían agua. Que bien. Ya esperábamos pasarnos allí todo el día. Llenamos los tanques y de paso, limpiamos con agua dulce toda la cubierta ya que estaba bastante saladita. Con los días transcurridos con la travesía y el fondeo, casi podríamos empaquetar la sal que generábamos.

 

Al pagar, un nuevo problema. Creíamos que se podía pagar en euros y nos habíamos deshecho de todos los escudos y efectivamente, se podía pagar en dicha moneda pero te devolvían el cambio en escudos y el problema es que no teníamos moneda pequeña en euros, sólo billetes de 50. Así que nos pusimos a preguntar por ahí si alguien tenía cambio. Preguntamos a un suizo superborde que nos dijo que no y punto. Estaría nerviosito el hombre. Y también preguntamos a un francés que el pobre, tenían más problemas con el inglés que nosotros y que sólo tenía billetes de veinte. Al rato, el marinero nos dice que también se podía pagar con tarjeta. No habíamos caído con la costumbre de pagar siempre en efectivo.

 

Y tras todos los imprevistos, por fin, un día más tarde de lo previsto, a las 12 en punto de la mañana, iniciamos con mucha ilusión la Gran Travesía.

 

Nada más salir, el viento seguía fortísimo y encima, al salir de la bahía, era todavía más fuerte porque venía todo el que se había canalizado entre las dos islas. Soplaban hasta treinta nudos de través con olas que nos iban salpicando de vez en cuando. Dado el ambiente, inflamos sólo la génova hasta que la situación se relajase. Vimos por detrás nuestro otros dos barcos que también salían. Uno iba también sólo con la génova y otro en cambio, iba con toda la mayor subida además del génova. Que machote. Aunque eso sí, el hombre debía tener problemillas y llevaba la génova tan suelta, que flameaba al viento como una bandera. El pobre no había debido percatarse del viento que hacía cuando izó las velas y debía estar pasándolo un poco mal. Aunque la que debía estar pasándolo mal era la pobre génova, que no le debió sentar nada bien tanto tiempo flameando.

 

Al rato, corregimos el rumbo y ya el viento nos vino de empopada y en consecuencia, todo se relajó. El rumbo era ya directo a Barbados. Así de fácil. ¡Todo recto!

 

Al quedarnos a sotavento de Santo Antao el viento comenzó a hacer el tonto. Aflojó mucho y se cambiaba de una aleta a otra todo el rato. Después de comer, se paró absolutamente del todo y nos quedamos en calma chicha, flotando. Pusimos el motor para intentar salir del resguardo de la isla y encontrar de nuevo el viento. Al poco tiempo, apareció un ligerísimo viento real que nos venía de proa. La isla debía hacer un rebufo extraño. El viento fue rolando por la tarde pasando por la amura, el través y la aleta de babor para ponerse al fin de empopada, igualmente muy flojito. Para entonces habíamos abierto de nuevo la génova y dado que por el poco viento, se movía mucho dicha vela, decidimos atangonarla. Aún así, el viento era tan poco que tampoco se inflaba y también daba pequeños golpes el trapo cada vez que pasábamos una ola. Así que quitamos la génova y de nuevo, pusimos otra vez el motor.

 

Con la puesta de sol, el viento empezó a soplar. Rápidamente se puso a quince nudos de través por estribor. No entendíamos que pasaba con el viento pero seguramente, el resguardo de las islas tendría mucho que ver. Al menos ahora, podíamos ir a vela por fin. Mientras cenábamos el viento aumentó a 18-19 nudos de aparente aunque entraba de través. Nos fuimos a dormir con el detector de radar encendido y el despertador puesto a diferentes horas. Por la noche llegamos a ver 22 nudos. Las olas meneaban bastante el barco porque venían cruzadas y porque además, íbamos navegando sin mayor pero aparte de eso, la noche fue tranquila.

 

Al día siguiente por la mañana nos llevamos una sorpresa. Habíamos cometido un “pececidio”. Habían dos grandes peces voladores muertos en cubierta pero además, habían seis peces voladores más pequeñísimos. Eran tan pequeños que alguno tenía el tamaño de una falange. Pobrecillos.

 

No pasamos bien el día porque estamos un poco mareados por el movimiento que producían las olas que, por su dirección, eran muy incómodas. Además, el día no acompañaba porque estaba muy nublado y hacía fresco. No obstante, nos repusimos un poco con la ensalada de garbanzos con salsa de miel y mostaza que preparó Sandra.

 

Por la noche, Sandra, en uno de las revisiones nocturnas al viento, a las velas y al horizonte, vio un resplandor a lo lejos. Ni siquiera era una luz por lo que puso una alarma para que sonara al rato y se volvió a dormir comentando previamente la situación a Dani. Cuando sonó la alarma, Dani se levantó y tuvo que corregir el rumbo porque lo que antes era un pequeño resplandor, ahora era un gran barco pesquero que estaba pasando relativamente cerca. Es increíble que con lo grande que es el mar y el poco tránsito que hay, dos barcos acaben encontrándose. Él tendría que ser el que nos maniobrara, pero no esperamos a comprobarlo por si acaso.

 

El día siguiente, tercer día de travesía, estuvo muy nublado y llovió un poquito aunque por lo demás fue un día muy tranquilo. Por la noche, a las 2:00 de la mañana, nos cruzamos con un mercante. Venía en rumbo de colisión por lo que Dani, por prudencia, cogió el timón y se desvió para dejarlo pasar por delante. Esa noche además, nos tuvimos que levantar bastante porque el viento cambiaba de dirección y pasaba de una aleta a otra por lo que teníamos que cambiar la génova de lado. También decidimos poner un rato el motor para cargar baterías ya que llevamos dos días nublados y en consecuencia, el panel solar no había podido cumplir con su cometido y el aerogenerador con vientos portantes, pues como si no existiera.

 

El cuarto y quinto día de travesía trascurriron tranquilos, soleados por fin y con quince nudos de aleta. Pasamos el tiempo leyendo, estudiando inglés y comiendo cosas ricas que prepara Sandra. Un buen plan. Por ejemplo, el cuarto día Sandra preparó un riquísimo potaje con espinacas, garbanzos, arroz, patatas, cebolla, ajos y pimentón, intentando copiar la forma en que las hace la madre de Dani. Buenísimas ambas.

 

Cada dos días, solemos hacer llamadas perdidas a nuestros respectivos padres. Ellos ya saben su significado: Estamos bien. Ellos entonces, si quieren, pueden llamarnos y hablamos un poco. Pero con lo carísimas que son las llamadas, mejor que no se alarguen, aunque a veces se despistan, o no les importa, y nos tiramos bastante rato hablando. El padre de Dani aprovecha las llamadas para pedir la posición del Piropo y así, entre otras cosas, se las pasa al hermano de Dani para que ponga marcas de posición en el mapa de la página web por si alguien lo mira.

 

Ese mismo quinto día de travesía nos llevamos un grandísimo susto por la noche. Dani oye el motor de la bomba de achique que está debajo de la cama del camarote de popa, donde dormimos. Se lo comenta a Sandra que al parecer, también lo había oído las noches anteriores pero no había sabido identificar el origen del ruido y no le había dado importancia. Levantamos inmediatamente los colchones y las placas de maderas y observamos que allí había bastante agua. El tema era muy preocupante porque ahí está la bocina y si estaba entrando agua por ese lugar sería muy difícil arreglarlo. Además, una vez leímos que un velero se hundió en medio del mar porque por la bocina le empezó a entrar agua y no pudo arreglar la vía de agua. No obstante, en ese momento poco podíamos hacer porque era de noche y poco se veía. Así que habría que esperar a la luz del día para secarlo todo e identificar el origen de la vía de agua. De todas formas, mucha agua no debía entrar porque la bomba de achique parecía que mantenía a raya al agua. Esa noche no obstante, mientras esperábamos a la luz del día, se nos pasó por la cabeza mil cosas, incluso nos imaginamos tirando la balsa salvavidas y cogiendo lo imprescindible mientras nuestro querido Piropito se hundía irremediablemente. Cómo nos gustan los dramones.

 

Al día siguiente Sandra, que es mejor marinera y se marea con menos facilidad, se puso a secar todo y mientras lo estaba haciendo, vio, en un movimiento del barco más fuerte de lo normal, que entraba cierta cantidad de agua por debajo de la caja de las baterías que también están allí. Se lo comentó a Dani que identificó que el agua debía venir entonces del cofre y no de la bocina ya que por debajo de la caja de baterías hay un pequeño agujero que conecta la zona del motor con el cofre y por él, pasan cables y tubos de aireación. Así pues, la entrada de agua venía del cofre ya que la zona del motor ya estaba bastante seca y no parecía que entrara agua por ningún lado. Dani abrió el cofre y lo vació de cosas. No había mucha agua aunque algo había. Allí no hay llaves ni conexiones con el exterior por donde pudiera entrar agua y al fin, detectó el origen de la entrada de agua. Cuando instaló el piloto de viento, no debió sellar bien los tornillos de sujeción, y como ahora las olas venían muy de popa y eran más grandes, el jupette se llenaba más habitualmente de agua y en consecuencia, entraba más agua por esos pequeños agujeros. Que alivio porque el problema no era preocupante ya que el agua que pudiera entrar, sería en pequeñas cantidades, aunque eso sí, era un problema molesto ya que tendríamos que ir vaciando el agua que entrara si no queríamos gastar inútilmente energía haciendo funcionar la bomba de achique, que consume un montón de energía. Navegando, tampoco podíamos solucionar el problema. Deberíamos esperar a llegar a puerto para desmontar el piloto, dejar que se secara todo bien, y montarlo de nuevo sellándolo perfectamente.

 

Tras el alivio, todo pareció más bonito, incluso el cielo, que presentaba entonces el típico aspecto que los libros dicen que tiene cuando hay establecidos unos buenos alisios: azul intenso y limpio con pequeños cúmulos blancos y esponjosos a muy baja altura.

 

Cada día, a las 12 de la mañana, Dani apuntaba la posición y comprobaba lo que en las últimas 24 horas habíamos avanzado. Ese quinto día de travesía por ejemplo, habíamos avanzado 137 millas. No estaba mal para ir sin prisas, sólo con la génova sin atangonar, y ligeramente enrollada con el objetivo de que su parte inferior no fuera rozando con el balcón de proa e intentar así, que se deteriora lo mínimo posible.

 

Ese día comimos unas lentejas con chorizo portugués que compramos en Cabo Verde que estaban riquísimas. También preparamos una botella de zumo de limón para que no nos faltara la vitamina C. No fuéramos a pillar un escorbuto como los marineros de los primeros viajes de descubrimiento, que morían principalmente de esa enfermedad pasando previamente por unas molestas pérdidas de dientes. Sin embargo, en una de las expediciones del Capitán Cook, por casualidad, descubrieron que la vitamina C evitaba la aparición de dicha enfermedad y no se murió ninguno de sus marineros. Qué tiempos.

 

Esa noche volvió a sonar el detector radar, pero esta vez, el barco pasó lejos y sólo tuvimos que controlarlo unos pocos minutos.

 

El sexto día decidimos atangonar la génova porque el viento iba cambiando de una aleta a otra debido al meneo de las olas y haciendo eso, nos olvidábamos por completo del problema.

 

Esa noche, nos equivocamos con las horas de las alarmas y Fresita se quedó sin batería y se apagó. Afortunadamente, cuando nos percatamos, sólo llevaba unos minutos apagada. Que casualidad. Así, la derrota gravada sólo quedó interrumpida un pequeñísimo trozo. Menos mal, porque nos haría ilusión tener completa toda la derrota del viaje. Por ahora, lo estamos consiguiendo y es la que se publica en la sección “Dónde estamos” de la página web.

 

El octavo día de travesía podíamos decir ya que estamos en medio del Atlántico. Había unas 950 millas a Cabo Verde, unas 950 millas a Brasil y 1150 millas a Barbados. Era el punto en el que estaríamos más lejos de cualquier costa en esa travesía. Dani tenía la ilusión de bañarse cuando llegásemos a ese punto. Nunca un baño en medio del mar estaría tan en medio del mar. Así que, como el día estaba muy tranquilo, quitamos la vela, bajamos la escalerilla y Dani se deslizó por ella hasta el agua. Pese a no llevábamos vela el barco avanzaba un poco por lo que Dani, tampoco pudo soltarse mucho de la escalerilla si no quería que el barco le dejara atrás. Menuda risa hubiera sido. Y tras el chapuzón de Dani, a Sandra también le entró el gusanillo y también se pegó un baño en medio del mar. De paso, ambos aprovechamos para enjabonarnos bien aprovechando el remojete.

 

Tras el baño, decidimos subir la mayor además del génova y navegar con la génova atangonada por un lado y la mayor abierta por el otro con una retenida. Al instante de subir la mayor, Dani detectó un problema. El enganche que se soltó en la anterior travesía que unía el sable con el patín de la mayor, lo había colocado por error al revés pese a que había ido con cuidado de no hacerlo y ahora, no estaba trabajando bien, y con mucho viento, se podría doblar e incluso partir. Así que tocó bajar de nuevo la vela, desmontar la pieza, y volverla a montar correctamente. Se había doblado un poco y costó enderezarla para que el tornillo encajara perfectamente pero al final, quedó como nueva y perfectamente instalada. Volvimos a navegar entonces con ambas velas izadas.

 

Por la tarde vimos un velero por proa a lo lejos. Sorprendentemente rápido lo alcanzamos y lo dejamos atrás. Tan rápidamente lo hicimos que Dani incluso pensó si podía tener algún problema porque nosotros estábamos navegando tranquilamente, sin ninguna intención de ir rápido. No obstante, vimos a un tripulante por cubierta tan pancho por lo que llegamos a la conclusión de que él debía ir más tranquilo todavía. Sin prisas. Como debe ser.

 

Por la noche y al día siguiente, el noveno de travesía, el viento varió en fuerza y dirección respecto a lo que estaba soplando los días anteriores. Por la noche se puso totalmente de través por estribor y al día siguiente, ya de nuevo de empopada, bajó bastante con lo que el calor era muy intenso, y no parábamos de usar el vaporizador al que llamamos “Fru-fru” y que rellenamos con agua de mar. Era curioso que a medida que nos íbamos más al oeste, el calor era más fuerte. Es sorprendente el fuerte efecto que tiene en la temperatura del aire las corrientes frías o calientes en el mar ya que hacen que zonas geográficas situadas a la misma latitud tengan temperaturas muy diferentes.

 

Hacía tanto calor ese día y hacía tan poco viento, que pusimos además del bimini que llevamos permanente abierto, un toldo que sólo ponemos en los fondeos. Que frescos estuvimos a partir de entonces debajo de la ligera tela blanca.

 

Ese día echamos por primera vez en lo que llevamos de travesía la línea. Hasta entonces, no teníamos muchas ganas de pescado no se por qué. El resultado de la intentona fue horrible porque aunque era sólo el segundo baño de la línea y debía estar todavía en buen estado, se partió. Seguramente algo gordo habría debido picar y tras romper la línea, se lo había llevado todo, la cucharilla final y los otros cinco señuelos que iban delante con sus respectivos anzuelos. Pobre pez que tendría que vivir a partir de entonces con eso enganchado si es que podía vivir. Y pobres de nosotros que nos quedamos sin línea aunque todavía nos quedaban varios señuelos más. No obstante tener señuelos disponibles, no nos entraron más ganas de pescar en el resto de travesía.

 

Esa noche, antes de dormir, nos pusimos una película en el ordenador. Ahora ya, ni siquiera descansábamos de la pelis ni siquiera en las travesías. Que vicio más malo.

 

Y por fin, por la noche, conseguimos superar las mil millas de travesía. El flojo viento había retrasado la hazaña pero al final lo conseguimos. Ahora “sólo” quedaba navegar otro tanto. Ya estábamos… casi nada.

 

El décimo día de travesía lo pasamos como siempre, estudiando inglés y leyendo la guía de Sudamérica, preparando un posible viaje por allí cuando estemos presumiblemente en Venezuela pasando la temporada de huracanes.

 

Por la noche, mientras cenábamos, Sandra vio a lo lejos, clarísimamente, una enorme ballena saltando. Al caer desplazó una gran cantidad de agua. Estaba emocionadísima. Todo sucedió muy rápido y a Dani no le dio tiempo a ver nada aunque mientras estaban buscándola, vio algo raro en el mar que le pereció la típica exhalación de agua y aire que hacen las ballenas. No la volvimos a ver pese a que estuvimos un buen rato oteando. Una pena y Dani se quedó con la ganas. Pero no osamos acercarnos con el barco para cotillear no fuera a atacarnos como hemos visto y leído que ha sucedido en alguna otra ocasión.

 

Por la noche subió el viento de nuevo por fin, después de lo flojito que había estado soplando los dos días anteriores. A las doce horas del día undécimo de travesía observamos que en las últimas 24 horas habíamos avanzado 135 millas. No estaba mal.

 

El duodécimo día transcurrió con buen viento y sol, hasta que sobre las veinte horas, empezamos a ver venir unos nubarrones negros. Estuvimos un rato a la espera de ver si el viento subía para reducir trapo porque en un principio, no nos pareció el monstruito que venía demasiado amenazante. Y menudo ojo tuvimos porque subió hasta 20 nudos de aparente y continuábamos de empopada. Enrollamos un poco la génova primero y quitamos la retenida de la mayor para intentar poner a la vía la mayor para que el empuje no fuera tan fuerte porque el viento, continuaba reforzándose. Como el viento era tan intenso, la operación de poner a la vía la mayor no era fácil. En esas estábamos cuando vino una ola más grande que las otras y nos atravesó el barco y la botavara barrió a toda velocidad la cubierta. Menos mal que no nos pilló por el camino aunque pasó por encima de la cabeza de Dani. Aprovechamos el momento y entonces sí pudimos poner a la vía la vela mayor.

 

Al poco, y como el viento iba incrementándose, se rajó el Bimini. La costura se separó hasta que el backstay evitó que se rajara por completo. Se había quedado la mitad cosida por lo que todavía se aguantaba. En ese momento tendríamos que haber desmontado totalmente el bimini y sujetar la tela suelta de alguna forma, pero sabíamos que las sujeciones traseras estaban enganchadas con unos nudos y no con hebillas, y como creíamos que sería difícil desatarlos con ese viento y que la única alternativa serían cortarlas y no queríamos, pensamos que si aguantaba, podríamos desatarlos cuando mejorara un poco todo. Mala decisión si tenemos en cuenta lo que vino después.

 

La verdad es que el bimini tendríamos que haberlo desmontado mucho antes, pero en otras ocasiones había aguantado el mal tiempo sin problemas y además, siempre piensas en reducir vela antes que en recogerlo.

 

Tras la rotura, se puso a llover con fuerza y el viento fue aumentado hasta los 30 nudos de aparente, lo que debían ser unos 35 o 36 nudos de real dada la velocidad en la que navegábamos, ya totalmente a favor del viento, para ir más cómodos pese a que no era nuestro rumbo ideal. De 34 a 40 nudos es fuerza 8, lo que técnicamente se denomina “Temporal”. Hasta los 34 nudos se denomina “Frescachón”, un nombre que parece puesto con tono graciosillo si se atiende a las verdaderas características del mar con ese viento. Y a partir de los cuarenta nudos aparecen los “Temporales fuertes”, luego los “Temporales duros”, luego los “Temporales muy duros” y finalmente los “Temporales huracanados”.

 

Dani se puso el goretex y el pantalón impermeable para soportar mejor la lluvia. Antes ya se había puesto el arnés para atarse a la línea de vida. Sandra también se había puesto con anterioridad el arnés por si acaso hacía falta en cubierta aunque con la lluvia, permaneció en el interior preparada para ayudar a Dani si hacía falta.

 

Al cabo del rato ya había oscurecido y la cosa no mejoraba. Ya era de noche cuando el bimini se desgarró del todo y se fue la parte delantera para delante y la trasera para atrás. La parte de delante se abalanzó sobre Dani y parte de la tela tapó totalmente la visión a Dani. En ese momento, o Dani cambió un poco el rumbo por la falta de visión, o una ola más fuerte cruzó al Piropo, el efecto fue que la siguiente ola pilló al barco un poco más de través y pasó por encima de la bañera llenándola casi totalmente con una pasmosa facilidad. Teníamos la puerta de acceso a la cabina abierta porque no parecía que ninguna ola pudiera entrar hasta entonces. Ni siquiera habían hecho ni un pequeño amago. Pero por suerte, no entró nada de agua por ahí. Solo cubrió hasta las rodillas de Dani. Y menos mal que habíamos cerrado el portillo de la habitación de popa porque eso sí que hubiera permitido que entrara muchísima agua en el interior. Por suerte, Dani comprobó que los dos grandes desagües de la bañera funcionaban perfectamente ya que el agua desapareció casi tan rápido como había aparecido.

 

Sandra desde la habitación de popa, oyó un extrañísimo ruido de agua y sin imaginar lo que había pasado, abrió el portillo que hacía poco había estado bajo el agua y preguntó a Dani que había pasado. Sorprendida le encontró con medio bimini encima de su cabeza mientras lo sujetaba como podía con una mano. Parte de la tela rota del bimini le tapaba la cara y con la mano que le quedaba libre, mantenía el timón con fuerza mientras intentaba corregir el rumbo con el objetivo de ofrecer la popa a las olas.

 

Salió inmediatamente a ayudar a Dani y se encontró con que todo estaba mojado. Dani le contó lo que había pasado. El viento había bajado y estaba a unos veintitantos nudos pero decidimos estar tranquilos y arriar toda la mayor. Enchufamos el motor y nos dispusimos a encararnos a las olas. Sandra iba al timón y una de las olas nos envió una tromba de agua encima, pero nada semejante a lo que se había subido antes. Una vez encarados al viento, Dani se fue rápidamente a la base del palo y bajó toda la mayor. Una vez abajo, Dani regresó rápidamente a la bañera y volvimos al rumbo de empopada. Ya estaba todo más tranquilo.

 

El viento había bajado muchísimo y estaba entonces a veintipocos nudos de aparente pero aún así, Dani abrió la génova sólo un poco para estar absolutamente tranquilos y descansar un rato. Apagamos el motor y conectamos el piloto automático que respondió, como siempre, perfectamente. Nos decidimos a entrar en la cabina y dormir ahora que parecía que todo está controlado aunque todavía habían olas grandecitas. El único problema es que mientras hacíamos la maniobra de arriar la mayor, habíamos visto unas luces de un velero que ahora no se veían por ninguna parte. Vaya, el Atlántico casi parece Las Ramblas de Barcelona de lo transitado que estaba. Creíamos que no nos encontraríamos a nadie y en doce días habíamos visto tres barcos. El velero desaparecido seguía desaparecido. Quizá hubiera apagado las luces para ahorrar baterías ya que sabemos de gente que lo hace. A nosotros no llegamos a ese extremo de necesidad para economizar energía ya que las luces de posición leds que llevamos, no consumen apenas nada. Si han apagado las luces, esperábamos que al menos estuvieran alerta porque nosotros no podíamos detectarlos a ellos.

 

Nos fuimos por fin calentitos y cansados al interior para dormir aunque nos fuimos levantando para ver si veíamos al velero desaparecido. A las seis de la mañana, abrimos un poco más el génova porque el viento había bajado todavía más.

 

El decimotercer día de travesía amaneció con un poco de sol aunque habían bastantes nubes, y unos doce o trece nudos de aparente de popa. Desayunamos y al cabo de una hora observamos como el cielo se ponía cada vez más gris. Entramos todo lo que se pudiera mojar y esperamos un rato más a ver como evolucionaba la cosa antes de tocar la génova que llevábamos abierta. Y la evolución no fue a mejor ni mucho menos. Se formó aún más claramente lo que en un libro de meteorología llamaban graciosamente monstruitos. La típica formación de cumulonimbos que asciende en las alturas, a veces con una clarísima forma de yunque y con un color gris. En esta ocasión, el monstruito no tenía forma de yunque pero si subía mucho en altura y era de un gris muy oscuro, casi negro.

 

El monstruito en un principio parecía que iba a pasar de largo pero más tarde había cogido la forma de un muro negro y se dirigía hacia nosotros. Redujimos el tamaño de la génova y enseguida se puso a llover. El viento se incrementó a un aparente de 23 -24 nudos. Sandra se fué al interior y aunque el timón lo llevaba el piloto automático, Dani se quedó en la bañera abrigado con los impermeables para ir controlando todo un poco mejor. Al rato, paró de llover y el viento se redujo muchísimo, entre 6 y 9 nudos de aparente. Falsa alarma. Pero al rato, volvió a llover. El viento era de 15 nudos de aparente por popa y esta vez, Dani y Sandra se fueron ambos al interior dada la desagradable lluvia. Y como no paraba de llover, pusimos una peli para pasar un rato de tarde. Cuando finalizó la misma, salimos fuera y vimos que había parado de llover y que teníamos a un velero relativamente cerca. Increíble. De dónde habría salido. Seguramente era el velero desaparecido la noche anterior y que nos lo encontrábamos una y otra vez porque debíamos ir en la misma dirección y casi a la misma velocidad. Él no obstante, llevaba un rumbo más a estribor y poco a poco fue separándose de nosotros hasta desaparecer entre las olas.

 

Por la noche, sobre las 23 horas, nos levantamos sobresaltados. Nos habíamos ido a dormir con unos 12-15 nudos de aparente de popa y ahora estaba soplando unos 24 nudos y llovía con tanta intensidad que parecía que estaban tirando cubos de agua sobre cubierta. Como no teníamos mucha vela, nos quedamos dentro de la cabina a la expectativa y comprobamos que el piloto aguantaba perfectamente las olas, el viento y la lluvia. Y viendo que todo iba bien, nos fuimos otra vez a la cama. A la 1:00, dejó de llover y todo volvió a la normalidad.

 

El decimocuarto día de travesía amaneció soleado con alguna nube pero que parecían inofensivas. Por la tarde, el panorama cambió y un pequeño monstruito se formó y pasó sobre nosotros provocando una lluvia cada vez más intensa. Estábamos ya un poco cansados de este tiempo. Echamos de menos nuestros primeros días de travesía, con una meteorología estable. Pasados unos minutos, el viento se puso de través y la génova, que iba atangonada por ese lado, no trabajaba correctamente, por lo que ambos salimos a mojarnos un poco y a cambiarla de lado junto con el tangón.

 

Como es miércoles, enchufamos el teléfono satélite e hicimos unas perdidas a nuestros padres que nos contestaron llamándonos. Que ilusión escucharles. Es curioso que tan lejos de todo, podamos hablar con nuestras familias con tanta facilidad. Si fuera más económico ya sería perfecto. No obstante, cuando Dani estaba hablando con sus padres, se puso de nuevo a llover, primero flojo y luego cada vez más fuerte. El viento, también se fue incrementando aunque no mucho, 23 nudos. Dani lo sintió pero tuvo que dejar la conversación para otro momento. Nos tocó quitar el tangón de la génova porque el viento se había puesto de ceñida. La nubecita causante de todo pasó rápido y entonces el viento se paró totalmente. Estábamos flotando y el génova, lógicamente, no encontraba su sitio con el vaivén y sin viento. Al rato, volvió a subir el viento a 14 nudos y el cielo se despejó. Un momento de tranquilidad que aprovechamos para bañarnos.

 

Tras ponerse el sol volvió la fiesta. Ahora tocaban rayos. Afortunadamente no muchos. Pusimos algunas cosas electrónicas en el horno que dicen que va bien si cae un rayo en el barco. Aunque de todas formas como cayera, mal iríamos porque los aparatos electrónicos más importantes los estamos utilizando y aunque no los usáramos, tampoco podríamos meterlos en el horno. Más tarde, cuando estábamos de nuevo en la cama porque el tema de los rayos no parecía muy preocupante, el viento volvió a soplar con fuerza y la lluvia comenzó a caer torrencialmente. Dani salió a tensar la génova un poco porque el viento se había puesto de ceñida, y sólo salir, ya estaba totalmente empapado dada la tromba que estaba cayendo. El viento soplaba a 26 nudos por lo que Sandra salió también a ayudar a la reducción de la vela cambiando un poco el rumbo mientras Dani recogía vela. Al volver al rumbo correcto no pudimos mantener el original porque el viento había rolado en un instante y ahora venía totalmente de proa. Pusimos entonces rumbo casi norte porque no había alternativa y nos fuimos a dormir y a esperar a que amainase. Menudo plan, navegar sin ir al rumbo correcto, pero no queríamos conectar el motor. Al rato, el viento se paró totalmente. Otra vez éramos unos corchos en medio del mar. Más tarde, volvió a ponerse a llover y a subir el viento con una dirección horrible para nuestros intereses. Que cansino. Y también duró poco. Volvió de nuevo la calma al poco tiempo y con ella, el viento volvió a pararse casi del todo aunque el poco que había parecía que soplaba de Barbados, justo a donde nos dirigíamos. Esa noche sobretodo la pasamos flotando, sin rumbo definido dado el poco viento.

 

El decimoquinto día amaneció a las 10:00 horas, bastante más tarde de la hora que amanecía en Cabo Verde. Habíamos decidido no cambiar la hora durante la travesía hasta que llegásemos a Barbados y seguíamos con la hora de Cabo Verde. De esta forma comprobábamos de primera mano, aunque no teníamos muchas dudas, que conforme se avanza hacia el oeste, amanece y atardece más tarde.

 

Había amanecido sin viento pero al menos con sol otra vez, aunque no nos confiábamos porque ya sabíamos que luego se solían torcer las cosas. A lo largo de la mañana el viento se fue incrementando a 7 u 8 nudos justo en la dirección contraria a nuestro destino por lo que decidimos poner un poco el motor a muy pocas revoluciones para avanzar algo y ver si encontrábamos viento en algún sitio.

 

Ya bien entrada la tarde, el viento se puso en una dirección manejable y abrimos el génova para poder avanzar en ceñida pero como el viento era flojísimo, avanzábamos a un mísero nudo o menos.

 

El decimosexto día de navegación comenzó como había acabado el anterior. Seguíamos yendo lentísimos, casi parados. Un velero, a lo lejos, nos pasó a toda velocidad. Como también sólo llevaba la génova supusimos que él se estaba ayudando con el motor porque la diferencia de velocidad era abismal y era un barquito de las mismas características que el nuestro. Creemos que era el mismo que nos encontrábamos una y otra vez pero no estábamos seguros.

 

Un pajarito negro que habíamos visto fugazmente el día anterior había vuelto y cambiaba de sitio cada dos por tres buscando un sitio cómodo, el balcón, una escota, la pala del timón de viento, la placa solar… o se iba a volar unos minutos y regresaba. A medida que pasaba el día el pajarillo cada vez iba cogiendo más confianza y se acercaba más. En una de esas, entró dentro del barco. Sandra se le acercó y el pájaro, contrariamente a lo que nos imaginábamos, no se asustó. El pobre debía de estar agotado. Sandra se puso comida en la mano y él comió en ella. También debía estar hambriento. Como no podía quedarse ahí dentro, en la habitación, sobre la ropa, Sandra lo sacó en la palma de su mano. Él ni se inmutó, es más, seguía comiendo la comida que Sandra se había puesto en su mano. Fuera le dejamos en la entrada de la cabina con comida y agua y él se quedó allí tranquilamente sin parar de comer. Se pegó un verdadero festín de pan mojado con agua. De vez en cuando, cerraba los ojos y descansaba. Luego le preparamos un sitio que a nosotros nos parecía mejor, más refugiado, ya que donde estaba inicialmente no podíamos entrar ni salir de la cabina, pero a él, ese nuevo lugar no le convenció y cambió por propia iniciativa a otros sitios, otra vez al piloto, al balcón, a la escota… Dani intentaba guiarle con pan mojado en la mano al sitio donde le habíamos dejado la comida pero ni con esas. En uno de sus vuelos, desapareció y ya no lo volvimos a ver. Habría recobrado las fuerzas. Deseábamos que consiguiera alcanzar la costa pero teníamos serias dudas porque aún estábamos lejos. Una pena.

 

Por la tarde nos dimos un chapuzón en el agua y observamos que en el casco, justo por encima del nivel del agua y un poco más arriba había unos bichitos gelatinosos grises. También había una especie de pequeños percebitos pegados. No obstante, no creíamos que nos ralentizase mucho porque no estaban justo alrededor de la línea de flotación.

 

Ya de noche, el viento parecía que se incrementaba. 12 o 13 nudos de empopada. Por fin avanzamos a un ritmo razonable. Más entrada la noche, el viento se incrementó aún más, de 15 a 17 nudos. Mejor.

 

El decimoséptimo día de travesía Dani se levantó y observó a lo lejos, la proa de un petrolero enorme que se dirigía contra el Piropo. El detector radar todavía no sonaba porque aún estaba lejos. Al cabo del rato, seguimos viendo la proa del barco y entonces la alarma del detector comenzó a sonar. Dada la relativa cercanía, decidimos no esperar a comprobar que se respetaban las preferencias y abrimos un poco nuestro rumbo. Cuando vimos que el petrolero ya pasaba por nuestro lado volvimos a nuestro rumbo original y así además, pudimos ver el enorme barco bastante cerca rompiendo en su avance, las olas con su mascarón y observar además su nombre: “United Dynamic”.

 

El viento estaba flojo, 8 y 9 nudos, pero ahora su dirección parecía indicar que eran los verdaderos alisios y no los vientos borrascosos de los últimos días. Además, el cielo era azul intenso con unos pequeños cúmulos inofensivos a baja altura. A las 18:00 se reforzó el viento y se puso entre 15 y 18 nudos de aparente de popa. Íbamos entonces a una media de seis nudos. A este ritmo, calculamos que si manteníamos el ritmo podríamos llegar a Barbados el día siguiente justo antes del anochecer. Mucho riesgo porque dicha velocidad era difícil de mantener. No obstante, decidimos mantener el ritmo mientras pudiésemos y ver qué pasaba. La alternativa era reducir trapo y llegar dos días después por la mañana.

 

El día decimoctavo amaneció con el Piropo manteniendo un ritmo suficiente para llegar antes del anochecer. No obstante, a lo largo de la mañana el viento comenzó a aflojar y decidimos encender el motor para asegurar que la hora de llegada fuera con al menos, las últimas luces del día.

 

El día era asfixiante. La falta de bimini no ayudaba a permanecer cómodamente en el exterior por lo que optamos por entrar dentro y hacer vida allí al contrario de lo que solemos hacer. El mareo, a esta alturas de la travesía, estaba lógicamente bastante dominado.

 

Y justo a la hora de comer, vemos por fin tierra. ¡Barbados! Lo vemos antes de lo previsto porque el día es clarísimo. Lo que al principio es una delgadísima línea en el horizonte va creciendo a lo largo de la tarde en tamaño tanto verticalmente como horizontalmente. Parece en la distancia una isla preciosa pese a que vemos la costa oeste, la que en teoría es más acantilada. Se intuyen colinas verdes y alguna playa de arena blanquísima que no tiene esas “preciosas” urbanizaciones pegadas tan características de España y a las que somos tan aficionados. Aquí, al contrario, sólo parece que hay árboles a su alrededor.

 

Ya bastante cerca de la isla, unos delfines salieron a nuestro encuentro y jugaron un rato con nosotros. Dani intentó gravarlos con la cámara acuática atada a un palo. Se fue a la proa y pensó que cuando metiera el palo en el agua, cerquísima de los delfines, estos se asustarían. Y entonces pasó todo lo contrario. Ellos vieron una cosa extraña y se excitaron mucho más. Ahora eran muchos más y mucho más apretados. De repente uno más adelantado pegó un salto enorme, de cómo mínimo un par de metros en el aire. Precioso. Y así estuvieron un buen rato. Dani se cansó de gravar antes que los delfines se cansaran de jugar. Lástima que la cámara se desviara por la presión del agua y no se pudieran captar buenas imágenes. Ya mejoraremos el sistema.

 

Pasamos el día mirando al reloj calculando si llegaríamos a tiempo antes de que oscureciera.

 

Ya cerca de la isla, bordeamos la costa sur y seguimos viendo que las casas eran de muy poca altura y que habían árboles por todos lados. Estábamos muy ilusionados. Con la idea negativa preconcebida que nos habíamos hecho del Caribe al objeto de no desilusionarnos, empezamos a hacernos ilusiones de que a lo mejor estábamos equivocados. No obstante, navegamos a cierta distancia porque en la zona sur existen unos peligrosos arrecifes que pasamos a distancia suficiente para estar tranquilos.

 

Pasado el punto sur de la isla comenzamos a remontar por la costa oeste las pocas millas que nos separaban de Carlise Bay, que es la bahía que se encuentra enfrente de Bridgetown, capital del pequeño estado isleño.

 

Y tras bordear Needhams point, ya estabamos en la bahía. Nos dirigimos a la zona de fondeo de visitantes cuando el sol ya se estaba poniendo. Por poquísimo.

 

Fondeamos sin problema sobre arena a 10 metros. Echamos para estar tranquilos, 50 metros de cadena. Y ya cuando vimos que el barco estaba tranquilamente fondeado, nos dimos un abrazo para celebrar que habíamos finalizado con éxito una travesía muy especial.

 

   
   
   
   

 


12 comentarios a “Travesía del Atlántico (Cabo Verde-Barbados). Del 1 de diciembre al 18 de diciembre de 2011.”

  • Bueno, con unos meses de retraso, muchas felicidades. Me alegro mucho de que os vaya tan bien y de que disfrutéis tanto con la travesía. Buf, ya es la una y tengo mucho por hacer. A ver si  puedo seguiros tranquilamente (creo que acabaré imprimiendo vuestro cuaderno, hay nuevos vocablos marineros que desconozco y tendré que volver al diccionario).
    El otro día hoy por la radio -siento no haberme enterado bien- que ha atracado en Barcelona, junto a la réplica de la Santa Maria (creo), una réplica del barco de Magallanes y Elcano (cuyo nombre he olvidado), la única en el mundo que ha circunvalado el globo con los MISMOS MEDIOS, INSTRUMENTOS Y ALIMENTACIÓN que en siglo XVI, tela.
    Bueno, un abrazo y prometo ponerme al día.

  • Ahora que la tranquilidad familiar me lo  permite,  he podido entrar en vuestro blog y disfrutar un montón con vuestra crónica. ¡ Qué valientes sois ! Salud y suerte para que   durante el 2012 podáis seguir con esta maravillosa aventura

  • Os felicito por vuestro arrojo por soltar amarras de un sistema al que estamos encadenados y nos creemos no poder cortar. E s mi sueño, pero muy dificil por las obligaciones actuales, en cambio, cada dia pienso que cada vez queda menos para realizarlo.
    Disfrutad cada segundo y saboreadlo por todos los que os seguimos desde tierra y solo podemos navegar algunos fines de semana. 
    Feliz año y feliz travesia.
    Jose Ignacio.

  • Desde mi perspectiva como militante del secanismo impenitente, me teneis impresionado o más bien conmocionado. Pero se os vé tan felices..Contuad vuestro disfrute y bon any       Tío Rafa y

  • que bonito es todo cariño, me encantan las fotos, seguid asi de guapos, aprovecho para desearos un estupendo 2012, un beso y un abrazo fuerte mi niña.

  • Felicidades por cumplir sueños!!
    Me alegro mucho por vosotros y por los valientes que se atreven a soltar amarres pese a todas las dudas y problemas que los atan a tierra firme.
    No dejéis de seguir escribiendo y poniendo fotos!!

  • Me alegra que todo haya ido bien, os felicito, tambien quiero felicitaros el año nuevo 2012 y que sigais con vuestra aventura
    Un abrazo
    Albert

  • Buenas tardes:
    Mis felicitaciones por ese maravilloso viaje que habéis realizado que es el sueño de todo buen navegante que se precie. Disfruto con vuestros relatos y tambien con el reportaje gráfico que los suele acompañar.
    Ahora estoy preparado ya, y con el babero preparado, para seguir disfrutando de vuestra estancia por el caribe.
    Aprovecho para desearos un Feliz  Año venidero en el que os deseo agradables navegaciones y dulces atardeceres.
    Un abrazo.
    Temais

  • ENHORABUENA!!!!!
    Vaya triunfo el vuestro, y qué contraste entre vuestras vidas de sol y calor y la mía de ventisca y frío en el Pirineo.
    Disfrutad muuuucho, y recibid un millón de besos!

  • Hola Sandra y Dani, mi nombre es Joaquín, sigo vuestro blog, en primer lugar felicidades por vuestra exitosa travesía, no me puedo imaginar los sentimientos y las sensaciones que tendríais al llegar a Carlise bay.

    Por favor continuad alimentando vuestro blog, con tan buenas narraciones y esas estupendas fotos, "ahorita"  disfrutar del estupendo fin de año Caribeño.
    Feliz 2012

  • Me alegro que llegarais a las Barbados, ya os pareceis a Jacques Costeau en el Calipso, con pasajero incluido "el pajarito". Las fotos fantásticas, sobre todo los delfines, debe ser fabuloso verlos en su estado mas natural. Feliz 2012 a los dos.

  • Como siempre las fotos muy chulas,el texto no lo e leido aun,se necesita un ratito libre,ya lo leere con calma,me alegro que la travesia fuese tan bien y no tuvieseis ningun problema importante,un besote.

Post comment on Ramón Acuña González