Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

FIDJI I (Isla de Vanua Levu). Del 27 de junio al 12 de julio de 2015.

 

    Después de una espera de doce días, sin que el pronóstico meteorológico anunciara vientos más suaves, nos decidimos a partir igualmente hacia Fidji con lo que había, unos alisios relativamente fuertes de sudeste. Pensamos, y así nos lo confirmaron otros navegantes, que estando como estábamos en plena estación de alisios, la cosa ya no iba a mejorar más. No nos quedaba otra cosa que partir si no queríamos quedarnos allí varias semanas más.

    El día de la partida amaneció nublado y levantamos el ancla con muy pocas ganas, ya que la travesía que se nos avecinaba no prometía ser muy placentera. Saliendo por el canal de salida de Wallis –abierto a sur- las olas que venían de sudeste se encauzaban y hacían que el barco avanzase lentamente subiendo y bajando las grandes crestas. La situación presagiaba que afuera las olas aún serían más grandes y así fue. El viento nos vendría durante casi toda la travesía de entre 50 y 60 grados por babor, rondando siempre los 25 nudos y muchas veces bastante cerca de los 30. Lo bueno fue que eran tan malas las condiciones que esperábamos antes de la salida que la realidad final no nos resultó tan mala. Nos refugiamos en el interior de los casi constantes rociones que cubrían por entero el barco. De esta manera fuimos haciendo las aproximadamente 370 millas de travesía, durante las cuales tuvimos que estar pendientes del detector radar, del GPS y de asomar bastante a menudo la cabeza para observar si había barcos o habían cambiado las condiciones del mar. El mareo volvió a nosotros y nos afectó aún más que en la anterior travesía. Lo peor fue el cielo grisáceo ininterrumpido y las puntuales lluvias que cayeron que hicieron algo más inconfortable la travesía. Días más tarde, en Savusavu, ya en Fiii, coincidimos con unos navegantes norteamericanos que salieron de Wallis justo un día después de nosotros y nos comentaron que había sido una travesía horrible para ellos, la peor de su viaje, y eso que habían dado ya una vuelta muy larga por el Pacífico de varios años. Ese comentario nos consoló un poco pensando que al menos las condiciones eran realmente malas y que nuestras sensaciones estaban más que justificadas.

    La travesía finalmente fue directa, de Wallis a Savusavu, que era el primer puerto oficial de entrada por el norte de Fidji y que estaba situado en la gran isla de Vanua Levu. Inicialmente teníamos pensado parar en Futuna (posesión francesa junto con Wallis) pero luego lo descartamos, ya que con malas condiciones era un muy mal fondeo. Nos hubiera gustado parar también en alguno de los arrecifes o bahías de Fidji que había por el camino, pero al parecer las autoridades fidjianas eran muy estrictas en contra de eso y se advertía a los navegantes que las sanciones por ello eran elevadísimas, tanto pecuniarias como incluso de privación de libertad, que podían acarrear hasta 2 años de cárcel. Nos pareció todo una barbaridad, pero no hubo otra alternativa que descartar una travesía costera que hubiera sido mucho más interesante.

    Durante la travesía, la base de fibra donde se apoyaba el brazo del piloto automático -algo endeble ya de tantas millas- fue cediendo con la mala mar, y finalmente rompió. Así pues, el último día tuvimos que llevar el barco a mano. Afortunadamente para entonces ya llevábamos un rumbo más cómodo y estar en cubierta era mucho menos “húmedo” que los días anteriores. También en esos momentos ya habíamos atravesado los arrecifes e islas que rodean las principales islas de Fidji y que en su día fueron un quebradero de cabeza para los navegantes y causa de muchos naufragios. Ahora, con la navegación por satélite las cosas eran mucho más sencillas, y además los faros que había por el camino funcionaban correctamente, lo que nos dio algo más de tranquilidad en la oscuridad de la noche.

    Llegamos pues a las cercanías de Savusavu sobre las diez de la noche del cuarto día de travesía. Era de noche, pero aún así, decidimos entrar igualmente porque no nos apetecía nada permanecer navegando toda una noche para hacer tiempo, y sobretodo porque habíamos leído que era muy posible hacerlo en la oscuridad, ya que el lugar no tenía especiales dificultades. Así pues, quisimos encender el motor pero no este se negó a hacerlo. ¡Vaya momento! Estábamos cansados de la larga y dura travesía, de la navegación a mano del último día y ahora, sólo nos faltaba eso, que no encendiera el motor. La batería se veía bien cargada, así que Dani se puso a trastear por el motor para ver si por casualidad conseguía algo positivo; revisó conductos y purgó el circuito de gasoil. Entonces, volvió a probar para ver si encendía y sí, milagrosamente encendió. No debía ser nada de lo que había tocado, o sí, pero ahora al menos funcionaba. Con el motor puesto pudimos ya adentramos en la Bahía de Savusavu.

    Savusavu era una pequeña ciudad con un puerto de muy reducidas dimensiones situado entre la isla principal y una diminuta isla. Los veleros que allí llegaba o se amarran a una boya o se veían obligados a fondear en 20 metros de profundidad. Esa noche no lo dudamos y en la oscuridad, alumbrados con nuestro foco, fuimos buscando una boya libre y en cuanto la encontramos nos cogimos a ella. Poco tiempo después ya estábamos durmiendo profundamente en nuestra cama bastante derrotados por la larga e inconfortable travesía.

    Al día siguiente, bien temprano, nos vino a visitar en su barca el marinero de la pequeña marina titular de la boya a la que estábamos amarrados llamada Waitui Marina. Nos informó de los precios: 10 dólares fidjianos el día, unos 4,5 euros; y nos informó que a las ocho traería él mismo en la barca a los funcionarios necesarios para hacer los papeleos de entrada (inmigración, aduanas y bioseguridad) sin coste alguno para nosotros. Más o menos puntuales, llegaron los funcionarios y, en un ambiente distendido, se cumplimentaron los papeleos sin problemas. Les invitamos a café y a unas galletitas y se quedaron muy sorprendidos cuando vieron que el azúcar que nosotros les ofrecíamos era blanco. No lo conocían y se creyeron que nos habíamos equivocado y que les estábamos sirviendo sal. Nos sorprendió mucho este desconocimiento ya que Fidji era un país cuya principal fuente de ingresos era la producción de azúcar, pero al parecer aquí sólo se tomaba el azúcar moreno y era totalmente desconocido el azúcar refinado.

     Nos pidieron copia de la larguísima información que nos habían pedido previamente por internet y como no lo teníamos en papel, se lo pasamos en un USB. Esa larga y absurda información pedida previamente a la partida hacia Fidji, nos la pedirían ese día y también el día de la salida pese a que ya se la habíamos entregado dos veces. Como pudimos comprobar, pedían mucha información pero luego no tenían capacidad para tratarla e incluso la perdían. Eso nos pasó a nosotros y también a otros navegantes. Además, después de obtener el permiso de crucero por las islas, te pedían semanalmente que les comunicaras dónde estabas situado y cuáles eran tus planes. Más burocracia incómoda y absurda. Habíamos leído que estas absurdeces no las habían hecho ellos por propia iniciativa sino que se las habían exigido organismos internacionales. ¿Sería cierto? Lo que si era cierto era los dos regalitos que nos dejaron los funcionarios: dos recibos para pagar los costes de entrada que ascendían a 271 dólares fidjianos, unos 122 euros.

    En cuanto nuestra situación en Fidji ya fue legal, desembarcamos en tierra para echar un primer vistazo. Fidji era un país algo peculiar. Durante la ocupación colonial británica de las islas, los propietarios de las plantaciones de azúcar importaron ingentes cantidades de mano de obra de la India. Esta población se ha mantenido muy apegada a sus costumbres y se ha mezclado muy poco con la población melanesia autóctona. En la actualidad, el 40 % de la población son indios puros que hace que en muchas ocasiones el estar en el país te recuerde a estar paseando por la India. Los indofidjianos son al parecer bastante emprendedores y copan casi la totalidad del comercio de la isla y las grandes fortunas isleñas. Por otra parte, el 60 % restante de la población es la antigua población autóctona, la población melanesia. Habíamos dejado ya atrás la Polinesia, y Fidji, excepto las Lau Group, estaba ya situada en la Melanesia. Las características físicas de los habitantes diferían mucho de los polinesios, ya que eran más negros de piel, tenían unos rasgos diferentes y su pelo era muy rizado. Este pelo tan característico era muy gracioso porque algunas de las mujeres parecían que tenían, literalmente, una bola en la cabeza. Los melanesios, por tradición, seguían siendo mayoritariamente los propietarios de la tierra. La relación entre los indofidjianos y los melanesios, según nos contó alguna persona, era muy buena en la actualidad existiendo en alguna ocasión matrimonios mixtos, aunque por lo que leímos, no sabíamos si esa afirmación era muy cierta. Lo que sí estaba claro era que existían dos comunidades muy marcadas y aparentemente no revueltas.

    La fruta y la verdura, en el mercado local, era muy barata. Agradecimos mucho poder comer por fin lechuga y tomate en abundancia. Algunos de los precios ese primer día eran: lechuga 0,80 euros, 1 kg tomates 3,60 euros, piña 1,80 euros, 1kg de naranjas 0,45 euros, una par de bananas grandes para freír 0,90 euros, ½ kg. de judías 0,90 euros… La carne en cambio no era barata, pero sí que lo era comer en restaurantes. Abundaban los restaurantes regentados por indios en la que servían comida india o china por poco más de tres euros. Con esos precios, a diferencia de otros lugares, comimos fuera con mayor frecuencia de lo habitual. Internet era también bastante barato, en especial si lo comparabas con la Polinesia francesa, y en los locutorios la hora de internet llegaba costar sólo 1,50 dólares fidjianos, unos 0,67 euros la hora.

    En Savusavu coincidimos de nuevo con una pareja canadienses que nos caían muy bien y con los que ya habíamos coincidido en Maupiti y en Samoa. A ellos les habían dejado un velero por cuatro años a condición de que lo llevaran de Tahití a Francia, pero en la última travesía, de Samoa a Fidji, viendo las malas condiciones del velero, habían decidido no continuar más y dejarlo en las boyas de Savusavu, después de hablarlo con el propietario que había aceptado a regañadientes. Era una decisión muy lógica porque hasta Francia aún quedaba muchísimas millas, y hacerlo con un mal barco no era una buena idea. Con ellos fuimos a comer por ahí o cenamos en nuestros barcos. Como ellos tenían que llevarse sus cosas personales del barco y con todo no podían, nos dieron muchas cosas como una pequeña ancla para el dingui, arpones, ollas y mucha comida.

    Esos días en Savusavu también los dedicamos a hacer arreglos. Arreglamos nosotros el soporte del piloto automático sin muchos problemas, y en cuanto al motor, llamamos a un mecánico que nos dijo que era un problema de inyectores (el motor sacaba un poco de humo azul). Dijo que allí no tenían máquina para arreglarlos y que si íbamos a ir a Suva, la capital del país, mejor ya hiciéramos el arreglo allí para evitar los envíos innecesarios. Nos comentó por último que el humo que expulsaba el motor era muy poco y si bien podríamos tener alguna pequeña dificultad en encenderlo en alguna ocasión, una vez encendido, ya no se pararía. Nosotros, viendo su seguridad, decidimos seguir su consejo, ya que además el barco, sin estar navegando, encendía con la misma facilidad de siempre.

    La meteorología en Savusavu nos decepcionó bastante. Algunos días fueron soleados, pero el mismo número o más, fueron lluviosos. Incluso hubo días que amanecía totalmente gris, oscuro, y con una fina llovizna cayendo que ya no paraba en todo el día. En una ocasión este tipo de lluvia fina nos duró tres días enteros casi sin parar. Además, la temperatura era bastante baja, de unos 20 grados. Quizá objetivamente no era una temperatura demasiado baja para los estándares de España, pero para nosotros, acostumbrados a la temperatura de los trópicos, sí que nos lo parecía y nos obligó a abrigarnos algo más de lo habitual. A la gente local esta temperatura aún le parecía más terrible que a nosotros y se tapaban con gruesas sudaderas o abrigos.

     Por supuesto, en Savusavu también hicimos turismo. Además de visitar el pequeño y cómodo pueblo de Savusavu, que poco tenía que ver excepto su curiosa mezcla de culturas y su animoso mercado de verduras, visitamos sus “hot springs”, que estaban en las afueras del pueblo y que consistían en una diminutas fuentes de las que brotaban agua hirviendo. Esas aguas discurrían por riachuelos hasta la propia zona de mar donde estaban los veleros fondeados, creando por el contraste de las temperaturas de las aguas, unas humaredas en la orilla muy peculiares. Esos días también hicimos una excursión típica. Acompañados de Jonathan y Lise, los canadienses, cogimos un autobús de línea hasta la ciudad de Labasa, en la parte norte de la isla donde estaba la zona azucarera. Lo más interesante del viaje era observar el paisaje del interior de la isla, ya que se podía contemplar las verdes montañas, los valles, los campos llenos de caña de azúcar, las distintas bahías, etc., pero también era interesante la propia ciudad de Labasa que nos llamó mucho la atención pese a su aparente falta de atractivo inicial. Era una ciudad de feos edificios pero tenía su gracia porque era muy bulliciosa, totalmente comercial y casi íntegramente habitada por indios; por eso la llamaban “La ciudad india”. En ella, por estar a refugio de los vientos dominantes por montañas, brillaba un sol que elevaba muchísimo las temperaturas. Paseamos por la ciudad viendo sus múltiples comercios, observando los escaparates con ropas multicolores típicas de la India. Todo era un hervidero de gente y coches. Había un gran mercado dividido en piensos para animales y kava por un lado y fruta y verduras por el otro. A la ciudad la bañaba un caudaloso río y el propio mar, y por eso también se vendía en el mercado pescado. Desde la ciudad, dimos un paseo de dos kilómetros hasta un pequeño pueblo donde había un pequeñísimo yacimiento arqueológico llamado “Wasavulu Arqueological site”. Costó dar con él porque no había señalizaciones del lugar. Allí, una chica local nos explicó en qué consistía cada piedra y sus monolitos, que simbolizaban a los diferentes jefes. Nos llamó la atención especialmente, los lugares en los que en su día los locales preparaban y se zampaban a sus semejantes. Había un lugar especialmente dedicado a cortar la cabeza y para que el jefe se bebiera la sangre del cerebro. Afortunadamente, el canibalismo llevaba cinco generaciones desaparecido, aunque cuando le preguntamos a la chica en qué año sería eso, nos comento que sobre 1950. ¿Sería cierto o se había equivocado de año? Por si acaso, empezamos a ver con cierto recelo a los abueletes que había por allí. También nos enseñó el propio pueblo y el gran edificio comunal donde se reunía la comunidad. A diferencia de Labasa, este pueblo era totalmente melanesio y muy humilde. De camino de vuelta a la ciudad, observamos la antigua y estrechísima vía férrea que instalaron los azucareros británicos para transportar la caña de azúcar y que transcurría entre los propios campos de cañas de azúcar que por allí había.

      Esos días en el fondeo había, más apartado, un barco extraordinariamente grande de lujo. Parecía un crucero de lo grande que era. Por supuesto, contaba con el correspondiente helicóptero y muchas lanchas auxiliares. Era el más grande de ese tipo que habíamos visto nunca. Charlando con otra navegante que había trabajado en uno de esos barcos, nos explicó varias cosas de ese mundo que absolutamente desconocíamos. Por lo que parecía, muchos de esos barcos, además de utilizarlo sus propietarios, se alquilaban a otras personas. En el barco en el que ella trabajó en su día, muchísimo más pequeño que aquel y de carácter mucho más familiar, el coste de alquilarlo una semana era de 250.000 euros. Lo que más nos sorprendió aparte del precio de alquilarlo era el tema de las propinas. Esta chica nos comentó que un cliente que dejara una propina de 500 euros por tripulante -había en su antiguo barco 10 tripulantes- se consideraba una verdadera racanería y casi se devolvía. Al parecer, lo normal era dar mucho más. Ella por ejemplo, una vez, en un reparto de propina de un directivo de una tabacalera norteamericana le correspondió 10.000 euros. Este hecho había sido especialmente extraordinario pero suceder sucedía. Sin duda, el mundo estaba un poco loco y se apreciaba cuando veías un gigantesco crucero de ese tipo fondeado frente a un pequeño pueblo de un país bastante pobre donde la mayoría de la gente vivía con lo justo.

     Uno de los días en Savusavu salimos a cubierta por la mañana y vimos un velero totalmente tumbado sobre un arrecife de coral submarino. Hasta él habían llegado ya algunas barquitas locales y algún auxiliar de algún velero para echar una mano. Hacia allí nos dirigimos con la intención de ayudar en lo que pudiésemos. Dani se subió a la botavara del velero embarrancado que estaba totalmente abierta junto con otras personas con el objetivo de escorar el barco lo máximo posible. La marea estaba bajando y no había mucho tiempo que perder ya que si el velero no se sacaba de allí pronto, hasta la próxima pleamar no se podría sacar, sin saber qué daños recibiría mientras tanto. El pobre capitán del velero, un norteamericano, con la confusión del momento se había dado un golpe en la frente que le estaba sangrando y manchando la cara. Afortunadamente, poco a poco, fue apareciendo más y más gente. Algunos hacían de contrapesos, otros, los de las barcas más potentes, tiraban con ellas como podían. Se tiró también el ancla del velero lo más lejos posible para que el molinete también ayudara a tirar. El velero embarrancado, pese a que ese día apenas había viento, tenía su quilla totalmente subida a un arrecife submarino. Finalmente, con todos empujando a la vez, el barco, de golpe, dio como un salto hacia abajo, como si bajara un escalón de una escalera y flotó libremente. Había salido del arrecife y todos los que allí habíamos nos alegramos mucho. Era agradable ver a tantas personas dedicadas con ahínco a ayudar a otro que estaba en apuros. Ya con el barco en aguas más profundas, todos regresamos a nuestros barcos o a la costa. Lo que no pudimos entender muy bien era como el velero se había enganchado tanto en las rocas con el día tranquilísimo que hacía. El capitán, quizá algo cansado, se había confiado y había ido a una velocidad demasiado alta muy cerca de la costa. Lo más peculiar es que después de liberar el barco, el capitán, seguramente ahora confundido por el golpe recibido y la situación vivida, condujo su velero a la próxima marina a una velocidad inusitadamente alta y haciéndolo además a ras de costa. Ya desde nuestro barco, temimos que fuera a embarrancarlo otra vez. Por si fuera poco, el capitán volvió a equivocarse y pretendió, a toda velocidad, dejar el barco en un muelle de dinguis en el que calado no debía ser muy profundo en vez de en el muelle de la propia marina. Sin duda el pobre capitán estaba realmente descolocado. Finalmente, dejó el barco en una boya de aquella marina, bien separado de cualquier peligro.

     El día 10 de julio, previo a nuestra partida de Savusavu, Dani se fue a cargar agua. Hasta entonces, desde Samoa, nos habíamos necesitado recargar y cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que de los grifos en los que presuntamente había agua potable, sólo salía una agua turbia tirando a marrón. Creíamos que en el pueblo había agua potable pero no era así; simplemente había un conducto que traía directamente el agua de las montañas y como había llovido bastante los días anteriores, el agua estaba imbebible. Fuimos entonces a la otra marina que estaba al lado, Copra Shed Marina, que presuntamente estaba más arreglada y su publicidad decía que tenía agua potable, pero el agua que allí había, de pago además, era tan turbia como en nuestra marina. Tendríamos que irnos sin recargar, aunque aún nos quedaba agua para varios días.

      El día de nuestra partida de Vanua Levu el viento seguía fuerte, y lo peor, su dirección aún era muy de sur. El día anterior, un velero sueco que conocíamos, de formas muy regateras y que iba en dirección igual a la nuestra, había tenido que volver ya que la dirección del viento no le permitía hacer un rumbo directo y no le apeteció hacer bordos contra el fuerte viento. El día elegido por nosotros el viento tenía algo más de componente este y en teoría, aunque fuésemos de ceñida, tendría que darnos para ir a rumbo directo aunque eso sólo lo veríamos cuando saliéramos a mar abierto.

     En nuestra próxima entrada os contaremos cómo fue nuestra estancia en las otras islas fidjianas.

     ¡Hasta pronto!

 

2 comentarios a “FIDJI I (Isla de Vanua Levu). Del 27 de junio al 12 de julio de 2015.”

  • que bonito todo cariño, disfruta a tope que te lo mereces un besote grande mi niña !!!!!!!

  • Que bien os veo ! Me ha encantado el relato. Menudos navegantes ! Un abrazo desde Georgia , mañana salgo para Rusia . Os iré siguiendo. 
    Maury

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