Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

SAMOA AMERICANA. Del 16 al 23 de mayo de 2015.

   Tras llamar varias veces por radio y no recibir respuesta del Capitán del Puerto para que nos autorizara a entrar, nos adentramos por nuestra cuenta en la profunda Bahía de Pago Pago, en la Samoa Americana. Estábamos en concreto en la isla de Tutuila, la más grande y populosa del territorio que estaba conformado, además de por esta isla, por otras cuatro islas de mucho menor tamaño y dos atolones coralinos.

   Samoa Americana era un territorio no incorporado de Estados Unidos. Sin saber muy bien qué era eso, hablando con la gente entendimos que esta Samoa pertenecía a Estados Unidos pero sus ciudadanos, los samoano- americanos, no tenían los derechos que tenían los ciudadanos estadounidenses. Ni tenían pasaporte estadounidense, ni podían trabajar en Estados Unidos. Por eso muchos se alistaban en el ejército norteamericano siendo este territorio el que más soldados daba a EEUU en proporción. Los soldados, al cabo de unos años de servicio, podían obtener el visado de trabajo para ese país. El territorio era auto gobernado aunque el presidente norteamericano era el jefe del estado. Muchas competencias las ejercían los samoano-americanos pero otras eran ejercidas por los EEUU. A cambio, recibían transferencias económicas de la metrópoli.

   Enseguida que entramos a la bahía, entendimos porqué este no era un sitio muy popular entre los veleros. La bahía era conocida por ser sucia, incómoda y olorosa y parecía que iba a ser cierta su fama. En esta bahía existía, según una guía que teníamos, la más grande conservera de atún del mundo. El movimiento de barcos atuneros lo presenciamos enseguida, ya que en medio de la bahía un gigantesco pesquero de atunes trasvasaba su carga a un enorme mercante chino que muy apropiadamente se llamaba “Thuna Princess”. Al parecer, los chinos compraban aquí grandes cantidades de atún. Además de estos barcos, había otros varios atuneros enormes y otros muchos de menor tamaño. A la derecha, estaba la larga conservera que emanaba un profundo olor a cocido de pescado permanentemente, mientras que a la izquierda, había varios muelles y entre ellos uno al que nos deberíamos haber amarrado para hacer los papeleos de entrada. Nosotros, porque lo habíamos leído, creímos erróneamente que al ser fin de semana estaban cerrados los servicios de aduanas e inmigración, así que en vez de ir a ese muelle nos dirigimos al final de la bahía. Echamos el ancla muy cerca de unas boyas donde estaban sujetos unos diez barcos recreativos locales. Estos, bastante enmohecidos, parecían que no se habían movido en mucho tiempo. Había sólo un par de veleros que estaban también al ancla.

   El fondeo en Samoa Americana era conocido por ser inseguro. Muchos barcos garreaban y se decía que era porque el fondo estaba lleno de basuras, plásticos y objetos de todo tipo que impedían que el ancla trabajase bien. El fondo era bastante profundo fuera de la zona de las boyas antes comentada, pero en una pequeña elevación tiramos el ancla con cuidado. En cuanto el ancla tocó el suelo, la arrastramos un poco para ver si cogía bien. La sensación fue que el fondo era una losa lisa donde nunca podría coger nada. Al poco, el ancla agarró y entonces fuimos tirando todos los 60 metros de cadena. La posición fondeados era aproximadamente la siguiente: 014 16,39 S 170 41,69 W. Estábamos con 7 metros de profundidad, en un agua muy verde y sucia, con bastantes bolsas de plástico flotando.

   El lugar de fondeo no era agradable pero es que además no tenía demasiadas comodidades. Como comprobaríamos los días siguientes, el acceso al agua potable no era fácil porque sólo vimos en el puerto algún grifo perdido del que nos dijeron, un local que paseaba, que era potable y que podía cogerse. Aún así, no quisimos probarlo porque teníamos agua dulce de sobra. El gasoil lo repostamos mediante bidones desembarcando previamente al lado de la gasolinera en una playa de rocas y arena que únicamente aparecía cuando la marea estaba baja. Internet en cambio era muy barato si lo comparábamos con lo que estaba siendo el Pacífico. Compramos una tarjeta de contraseñas de la compañía Bluesky para tener internet con el wifi de nuestro ordenador por 20 dólares una semana ilimitadamente. La señal era débil pero suficiente en el barco, y si queríamos más intensidad de señal teníamos que bajar al Mc Donald’s que había enfrente que era uno de los sitios desde donde se emitía la señal de wifi en la zona. Allí siempre había mucha gente local haciendo lo mismo.

   Recién fondeados el primer día, vimos un enorme murciélago en el cielo. Era uno de los enormes murciélagos de hasta un metro que habitaban por estas islas (Samoas, Tonga y Fiji). Volaba muy alto pero pudimos observar sus peculiares alas mientras las agitaba en su cadencioso vuelo. Su cara era relativamente bonita, como la de un zorro. Estos animales se alimentaban sólo de fruta y antiguamente los locales se los comían. Hoy en día se los tiene en mucho aprecio porque polinizan todo el territorio, y como está en peligro de extinción, es una especie protegida.

   Desembarcamos siempre en un puerto deportivo pero lleno de barcas pequeñas de pesca. Éste estaba, en concreto, en la pequeña ciudad de Fagatogo, pero Pago Pago estaba unida a ella completamente metida en el fondo de la bahía. En Fagatogo, estaban también todos los edificios oficiales de la isla. Nos sorprendimos entonces observando que los samoano-americanos eran casi en su totalidad enormes y muy gordos. En los días siguientes nos estuvimos fijando y casi no vimos personas que se pudieran considerar delgadas. Algunos varones, normalmente jóvenes, aún se mantenían en proporciones normales -quizá por hacer algo de ejercicio- pero no vimos a ninguna mujer, incluyendo a las adolescentes, que no estuvieran, cuanto menos, entraditas en carnes. Muchas de las mayores eran directamente mórbidas. El tema debía ser un problema porque vimos varios letreros que advertían de la enfermedad de la diabetes, que al parecer puede generarse en personas obesas según se informaba.

   En la calle nos percatamos enseguida de la mezcla de culturas que afectaba a la isla. Era mitad samoana y mitad norteamericana. Por todas partes ondeaban banderas norteamericanas y samoana-americanas. Los policías vestían como los policías de Nueva York e incluso llevaban Harleys Davidson blancas. Y los vehículos eran casi todos todoterrenos americanos de grandes proporciones de marcas norteamericanas, ninguno de marca japonesa. La gente local hablaba samoano e inglés, pero nos sorprendió –por no haberlo previsto- el acento tan norteamericanamente cerrado que tenían. Por otro lado, la gente era totalmente polinesia, iguales a los de la Polinesia Francesa, morenitos, ojos algo rasgados, gordotes, fuertotes, pero en cambio, la típica simpatía polinesia dejó de verse en Pago Pago. La gente ya no saludaba ni sonreía. Sin embargo, en cuanto te alejabas de la ciudad, volvía a aparecer, algo matizada eso sí, esta característica de los polinesios tan apreciada por nosotros. Además, a los locales se le añadían características de la propia cultura samoana. Bastante gente vestía con pareo largo o lava-lava, una especie de falda larga anudada a la cintura, y la llevaban tanto hombres, como mujeres o niños. Lo veíamos como atuendo de trabajo, al modo que se llevaría traje en la cultura occidental, con camisa, corbata y en vez de pantalones un lava-lava. Los niños de las escuelas, todos uniformados, también los vestían sin excepción, variando el color del mismo dependiendo del colegio al que fueran. Por supuesto, los niños, al finalizar el día y mientras corrían para casa o jugaban por las esquinas, el lava-lava lo llevaban totalmente abierto casi arrastrando y se veían los pantalones cortos que llevaban por debajo. Como costumbre peculiar vimos a algún niño –y también a alguna señora- que llevaba la moneda para el autobús metida en el agujero de la oreja.

   La religiosidad de la gente era muy profunda y había iglesias por todas partes. A veces incluso, la proporción de casas-iglesias no se correspondía demasiado bien y en un diminuto pueblo habían cuatro, cinco o más iglesias, y es que si bien casi toda la población era cristiana, cada iglesia atendía a un culto diferente: baptistas, adventistas, mormones, católicos, anglicanos…

   Por las calles circulaban unos autobuses privados muy característicos de la cultura samoana, que eran muy coloridos, de fabricación local a base de madera sobre un vehículo aprovechado y que iban y venían por todos lados a precios económicos. Muchos eran privados pero algunos eran públicos con unos precios aún más reducidos. Lo único malo era la música porque todos los conductores tenían la curiosa coincidencia de no saber dosificar bien el volumen que salía de los altavoces. Por cierto, mucha de esa música era en castellano, estilo reggaetón, y muy frecuentemente se oía a Enrique Iglesias que debía de estar de moda.

   El domingo no paró de llover y sabiendo que todo estaría cerrado, no desembarcamos. La lluvia sería una constante a partir de entonces durante toda nuestra estancia en la Samoa Americana. Habíamos oído que llovía mucho pero aquello superaba nuestra imaginación. Sólo esporádicamente vimos algún día el cielo azul. Por primera vez en nuestro viaje, las placas solares no fueron suficientes para cargar las baterías y un día tuvimos que encender el motor para que el alternador las cargara un poco.

   El lunes desembarcamos para ir a hacer los papeleos de entrada. Caminamos un buen trecho hasta el puerto y allí nos topamos con un vigilante de esos que te puedes encontrar en cualquier parte del mundo, incluso como estábamos, casi perdidos en medio del Pacífico. Muy serio, como si fuésemos delincuentes, llegando a la mala educación, nos pidió los pasaportes y nos orientó hacia donde debíamos dirigirnos. Desde allí, nos dirigieron a su vez, por fuera del edificio, a la parte trasera del mismo y en cuanto el guardia de antes nos vio, nos hizo un ademán chulesco para que fuésemos ante él. El señor no estaba cerca pero al parecer había que explicarle a dónde íbamos. Se lo explicamos y entonces nos dijo que Sandra, que llevaba chanclas brasileñas, no podía pasar allí atrás porque era inseguro –Dani no iba mucho mejor pero bueno-. Estábamos empezándonos a cansar del personaje. Luego, se lo debió pensar mejor y con un gesto de benevolencia –sólo le faltó levantar la mano con el dedo índice y corazón estirados a lo emperador romano- nos dejó pasar diciendo un «pero rápido». Era curiosa esa exigencia cuando las chanclas, en el Pacífico en general y en Samoa en particular, era el zapato casi oficial y vimos, por detrás del edificio, varias mujeres locales que las vestían. El personajín -lo reconocemos- nos calentó al principio, pero luego nos sirvió de ejemplo para reflexionar sobre el hecho curioso de que fueras a donde fueras en el mundo, siempre acababas encontrándote a los mismos tipos de personajes, para bien o para mal.

   Los papeleos fueron lentos, gestionados por personas igualmente lentas, gordas y tranquilas, pero al menos, amables. El de bioseguridad, o sanidad o de lo que fuese, nos quería cobrar más porque habíamos llegado en fin de semana. No lo entendíamos muy bien porque su trabajo –estar sentado mientras nosotros rellenamos un papel igual a los anteriores- lo estaba haciendo ese lunes. Entendíamos quizá una multa por no haber hecho los papeleos el mismo sábado cuando llegamos pero no que nos cobraran un trabajo como si se hubiese hecho el fin de semana cuando no era así. En fin, que al final el hombre desistió y no nos cobró nada. Menos mal porque el sobrecoste de 15$, en teoría lo cobraban también cada uno de los otros departamentos, lo que resultaba bastante dinero. Finalmente, con todos los papeles rellenados, nos tocó ir a Inmigración que estaba mucho más lejos porque el funcionario de inmigración no estaba allí en ese momento. Paseando, llegamos hasta inmigración y tras dar con la ventanilla, conseguimos el sellito en el pasaporte sin ninguna dificultad. La entrada no nos costó ninguna tasa pero a la salida nos cobrarían 150 dólares americanos, cantidad igual para todos los veleros.

   Tras la excesiva e inútil burocracia que lamentablemente, con el tiempo, siempre va a más en todas partes, dimos un paseo por la ciudad. Entramos primero en la biblioteca pública que estaba enfrente para comprobar que aún ofrecían un servicio de internet por 5 $ el día y echarle un vistazo. Luego, fuimos al centro de visitantes del Santuario marino donde proyectaban un vídeo sobre un globo terrestre que colgaba del techo. Además, allí había varios paneles informativos interesantes. Luego, cotilleamos en un par de pequeños supermercados para ver lo que contenían y nos sorprendieron los elevados precios y la poca variedad de productos. Habíamos oído que en la Samoa Americana era un buen sitio para reponer víveres, pero viendo lo visto, pensamos que era muchísimo mejor hacerlo en Tahití porque aunque era igualmente carísimo, al menos allí había muchos más productos y facilidades para llevarlos al barco.

   En el pequeño mercado local compramos algo de fruta: 15 bananas por 2 dólares y una minipapaya por 1 dólar. Luego, paseando, llegamos al Centro de visitantes del Parque Nacional. Descubrimos que el parque dependía del Servicio de Parques Nacionales de EEUU y seguramente por ello, estaba muy bien organizado. El parque tenía por toda la isla una pequeña red de senderos muy bien marcados e interesantes, por lo que nos propusimos conocer alguno. El propio centro de visitantes estaba bastante bien aunque en especial nos impresionó mucho la mención que se hacía al tsunami que afectó a la isla en 2009, ya que había una foto en la que se veía una casa por la que por la ventana del primer piso colgaba un coche a punto de caer al vacío. Por la isla pudimos ver grandes sirenas con bocinas para alarmar a la población si venía uno de esos fenómenos y carteles donde se indicaba los puntos de huida de la población hacia los puntos altos de la isla. De todas formas, el tiempo que se tenía era muy poco, como en el de 2009, que en sólo en 15 minutos después del terremoto ocurrido a 240 km de allí, llegaron las devastadoras olas.

   Al día siguiente, tras buscar la agencia de alquiler de coches local y comprobar que no tenían para esos días coches disponibles, cogimos un autobús para ir al aeropuerto. Allí vimos los altos precios del alquiler de coches y viendo lo bien que iba el servicio de autobuses destartalados locales, decidimos visitar la isla con ellos y renunciar al coche de alquiler. Por el camino al aeropuerto y la vuelta, vimos de paso un poco la isla y nos sorprendió mucho que al igual que en la Polinesia francesa, existía la costumbre de enterrar a los muertos delante de la casa, pero aquí, encima, la costumbre llegaba un poco más allá ya que se construían verdaderos mausoleos pegados a las casas que eran del tamaño de una habitación adicional o de un garaje y estaban totalmente construidos con cemento y techo. Algunas se decoraban con enormes corazones o con carteles enormes con la fotografía del último fallecido.

   El miércoles 20 de mayo nos levantamos con la intención de hacer el sendero al Monte Alava (491 metros). Ya en tierra, y aunque podíamos haber ido en autobús, fuimos caminando durante una hora por la carretera hasta el collado llamado Fagasa Pass. De esta forma veíamos las casas locales, alguna de las cuales tenían un gusto peculiar, con barandillas doradas y puertas de cristal con gravados rococó. Desde el Fagasa Pass, el sendero –más bien una pista- llegaba hasta la cima del Monte Alava tras dos horas de camino. La pista estaba en muchas partes totalmente embarrada y costaba encontrar un sitio por donde pasar si no querías meter el pie en el fango hasta el tobillo o algo más. Alrededor había una tupida vegetación de árboles, helechos arbóreos, algunos bambús y arbustos más pequeños. Se oían cantar muchos pájaros y vimos a una especie de golondrinas muy juguetonas. Buscábamos con la mirada los murciélagos gigantes pero, lamentablemente, no conseguimos ver ninguno. Tras la caminata, llegamos a nuestro objetivo: las antenas de la cima. El camino hasta allí, rodeado de vegetación que no te dejaba ver nada, bajo la lluvia y con el fango a los pies, sinceramente no había valido mucho la pena, pero las vistas desde allí sí que estaban muy bien. Podía observarse la Bahía de Pago Pago y al Piropo, pequeñito, allí fondeado. Aparte de las antenas, allí habían los restos de un antiguo teleférico que ya no funcionaba y una fale (casas tradicionales samoanas de planta ovalada, con columnas y sin paredes) para que la gente descansase. En esa fale, a cubierto de la lluvia, comimos nuestros bocadillos. El día no estaba resultando bueno y soplaba bastante viento, por lo que sufríamos un poco por la situación del barco, pero al menos desde allí podíamos observar que el Piropo seguía perfectamente en el medio de la bahía. Tras la comida, continuamos el camino. Podíamos haber desandado la pista hecha pero quisimos llegar por el otro lado de la montaña al pueblo de Vatia. El sendero desde allí sí que valió totalmente la pena. Creemos que, sin exagerar, era uno de los senderos más impresionantes que habíamos visto nunca porque parecía que todo el rato se había hecho un agujero en la vegetación tropical para hacer pasar el sendero por él. Parecía el agujero de un metro, totalmente redondo de tan frondosa que era la vegetación. Todo estaba cubierto de musgo y el suelo tenía una hierba cortada corta que parecía un césped muy bien mantenido. El sendero transcurría al principio por toda la arista aunque no podía verse ninguna vista de tanta vegetación que había. Luego, el descenso era tan pronunciado que casi continuamente habían instaladas en el suelo unas escaleras y unas cuerdas fijas para ir descendiendo. Fue un descenso muy entretenido de dos horas, aunque la parte final del trayecto ya no tenía escaleras ni cuerdas fijas ni la vegetación era tan densa.

   Al llegar al pueblo de Vatia preguntamos en la primera casa a una señora enorme pero muy amable por el autobús de vuelta y nos dijo que el último era a las 14:30. Eran las 14:00 horas, así que habíamos tenido bastante suerte. Decidimos entonces caminar un poco por el pueblo e intentar llegar a un cabo donde podía verse Pola Island. Con lo que no contábamos era, como casi siempre, que en las zonas pobladas estaban los simpáticos perritos. Esa primera señora había sujetado a varios suyos, muy ladradores, pero uno que vino de otro lado se nos acercó a toda velocidad ladrando y enseñándonos los dientes. Afortunadamente, para caminar siempre cogíamos palos largos y eso nos ayudaba a mantenerlos a distancia. Más adelante, no oímos la carrera de otro hasta que no estuvo pegado a nosotros. Dani se giró a toda velocidad dando a su vez con el palo al aire y le dio de lleno antes de que nos mordiera. Aún seguimos un poco más pero en cuanto salió una jauría de perros ladrándonos desandamos el camino y decidimos quedarnos quietos hasta que viniera el autobús. Una señora muy simpática que nos saludó desde una ventana mientras dormitaba, nos informó de que había media hora hasta Pola Island, así que decidimos quedarnos por allí. Nos instalamos en la especie de playa mientras nos comíamos una manzana cuando aparecieron un montón de niños que salían de su jornada escolar. Todos los niños sin excepción saludaban y nos preguntaban cosas, y otro husmeaban más allá entre las rocas vestidos con sus lava-lava, nos pidieron que nos acercáramos porque nos querían enseñar una serpiente marina a rayas que acababan de descubrir allí. Esa expectación de los niños por nosotros nos confirmó que por allí mucho turista no debían pasar. El autobús apareció enseguida y con él regresamos a Pago Pago. De camino pasamos por delante de la conservera de atún que nos sorprendió por la cantidad de trabajadores que se acumulaban en los alrededores, todos vestidos de un blanco inmaculado. Debía de ser hora de cambio de turno. Al parecer, en la fábrica trabajaban muchos centenares de personas, muchos venidos de Tonga, el país vecino.

   Al día siguiente, cogimos un autobús hacia el pueblo de Amanave, en la punta oeste de la isla, con el objetivo único de ir viendo la isla mientras avanzábamos con el autobús. Fue una hora entera de trayecto por la costa; una costa salvaje, llena de vegetación y plantaciones con el mar chocando contra las rocas volcánicas que conformaban la costa. Había pocas playas pero las que se veían eran de arena blanca y aguas claras pese al día gris que hacía. Por esa costa, que daba bastante miedo si te la imaginabas navegándola a sotavento –como haríamos en unos días-, habían esparcidos varios islotes altos, abruptos, como si fueran torres y cubiertos de una vegetación en equilibrio. Vimos por el camino las muchísimas fales que habían en cada pueblo y vimos algún puestito de verdura y fruta que vendían lo típico de aquí: taro, papayas, cocos y plátanos. En esta isla llevaban las verduras en unas cestas hechas a mano de hojas trenzadas de pandanus.

   Llegamos a Amanave y allí no había nada, como nos imaginamos. Cuatro casa y poco más. Paseamos un poco y vimos varios murciélagos enormes sobrevolando los árboles y buscando frutas. Alguno se colgaba boca abajo y luego volvían a irse pero otros intentaban avanzar por las ramas ayudados torpemente por sus brazos que a su vez eran alas. Sin duda, un animal muy raro. Después del espectáculo, regresamos a las casas del pueblo e hicimos como la poca gente local que veíamos. Entramos en un pequeño colmado, compramos unas patatitas y una bebida, y nos sentamos a comérnosla viendo pasar el tiempo. Algo que nos impresionaba mucho en este país era que los niños pequeños aquí siempre estaban comiendo patatitas o cosas por el estilo. Nuestra sensación –seguramente errónea- es que lo hacían casi permanentemente. Las madres debían pensar que así estaban bien alimentados o algo así. Entendíamos porqué luego todos los habitantes eran así de hermosos. Delante del colmado había varios grupos de mujeres juntas tumbadas o sentadas charlando, sin nada que hacer, picando también algunas cosas. El autobús que nos había traído allí esperaba, para hacer el camino de regreso. Al cabo del tiempo, el autobús se puso en marcha y nos subimos de nuevo a él. Fuimos los únicos. El conductor, después de una hora ni se había bajado y lo más sorprendente era que el resto de pasajeros, unos ocho chicos adolescentes, tampoco se habían bajado. Enseguida entendimos que era su forma de hacer “novillos”. Cogían el autobús, se pasaban tres horas entre el trayecto y la espera, y volvían. El camino sólo les costaba un dólar por trayecto y encima, por lo que vimos, el conductor, también joven, se los perdonaba con un gesto de cabeza. Era una pena ver a chicos jóvenes perdiendo el tiempo así.

   De regreso ya era tarde y en un puesto de comidas del mercado ya no les quedaba comida. Sólo comimos unas bolas fritas dulces que eran como una especie de pan local (5 bolas un dólar). Esa noche, sopló muy fuerte en la zona y en la bahía, que canalizaba el viento, aún se hizo notar más fuerte.

   El último día en Samoa, bajo una lluvia torrencial y bastante viento, bajamos a tierra a hablar con la familia por Skype. Mientras Sandra hablaba con sus padres, Dani se fue a hacer los papeleos de salida, que aunque ese día el tiempo estaba horrible, al día siguiente parecía que la cosa mejoraba. En el Puerto de mercancías donde se hacían los papeleos, no estaba el “amigo” del primer día y otro guardia, mucho más normal, atendió a Dani con más amabilidad. Los papeleos fueron relativamente rápidos y con todo apunto, fuimos a realizar las últimas compras: una lechuga 3 $, col pequeña 2 $ y pico, tres tomates 2 $, apio 4 $, 6 manzanas 5 $, 6 zanahorias 3 $… Sin duda, con la isla vista y esos precios, había que irse pronto.

   En nuestra próxima entrada os contaremos como fue nuestra estancia en nuestro siguiente destino, la peculiar Samoa, la independiente.

   ¡Hasta pronto!

 

Un comentario a “SAMOA AMERICANA. Del 16 al 23 de mayo de 2015.”

  • me ha gustado mucho vuestro viaje.

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