Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

TRAVESÍA DEL MAR CARIBE Y ESTANCIA EN LA BLANQUILLA: Travesía de Baie de Marigot (Saint Martin) a Playa del Yaque en la Isla de La Blanquilla (Venezuela) y días de estancia en esta isla. Del 16 al 25 de mayo de 2012.

 

Casi cuatrocientas millas era la distancia que habríamos de recorrer para realizar la travesía que teníamos prevista y que nos llevaría de la isla de Saint Martin a la isla de La Blanquilla, en Venezuela. La navegación que teníamos por delante nos llevaría a atravesar íntegramente de norte a sur el Mar Caribe en lo que sería la cuarta travesía más larga que habíamos hecho hasta la fecha.

 

El motivo de realizar esta travesía era que en junio comenzaba la temporada de huracanes y aunque en ese mes la estadística dice que es muy difícil encontrárselos, preferíamos navegar hasta latitudes más seguras como eran las que bordean el norte del continente sudamericano y que es una zona casi libre de estos fenómenos meteorológicos.

 

Así pues, nuestra navegación por el arco que forman las Pequeñas Antillas llegaba a su fin y no podíamos continuar visitando otras islas que también nos apetecían mucho como las Islas Vírgenes Británicas y las Islas Vírgenes Americanas. Islas que deberíamos dejar anotadas como pendientes de visitar en nuestro imaginario cuaderno de lugares del mundo. Y ya de pedir, también hubiera estado bien visitar Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Cuba, Jamaica… En fin, todas eran un buen motivo para seguir navegando.

 

El día 16 de mayo de 2012 amaneció lluvioso. El día anterior habíamos visto sólo el pronóstico de viento, y la lluvia, nos sorprendió un poco. Decidimos pues, posponer la salida a ver si mejoraba un poco el día ya que no nos apetecía nada iniciar la navegación bajo el agua. Tras esperar algunas horas, sobre las once de la mañana, vimos que el cielo poco a poco se fue despejado y la lluvia que antes caía con relativa fuerza había desaparecido para dejar un cielo con nubes y claros. Así pues, levamos el ancla y abrimos el génova. Por ahora, no subiríamos la mayor porque el viento era portante y esperaríamos a ver la verdadera intensidad del viento un poco más alejados del resguardo de la costa para poder decidir mejor cuanta vela mayor poner.

 

Tras navegar un rato, nos dimos cuenta que nuestra propia previsión meteorológica realizada a vista, mirando el cielo, había fallado estrepitosamente ya que la lluvia volvió a hacer acto de presencia. Al principio sólo como una suave llovizna pero más tarde, casi como un aguacero. Quizá no había sido una buena decisión partir ese día pero el viento no estaba fuerte y simplemente había que aguantar la lluvia que en algún momento, sobretodo más tarde, llegaría a caer incluso torrencialmente.

 

La lluvia no fue el único inconveniente que surgió ese día ya que navegando sólo con la génova de repente y sin previo aviso, la botavara salió despedida por el mero movimiento de una ola. Se había roto una pequeña pieza de la polea de la escota de la mayor. Era increíble que se hubiera roto precisamente cuando navegábamos a la francesa y la escota debería estar haciendo mucho menos esfuerzo que si hubiéramos tenido la vela mayor izada. Pero bueno, ya nos venía bien que se rompiera en ese momento porque la rotura navegando con la mayor hubiera sido mucho más aparatosa. Afortunadamente, antes que la botavara llegara al tope con la inercia que llevaba y quizá rompiera alguna cosa más, fuimos capaces de sujetarla. A continuación, atamos la botavara con un cabo para que no bailara de lado a lado y optamos por navegar a partir de entonces sólo con la génova pese a que el rumbo que llevaríamos nos obligaría a navegar a un descuartelar y navegar de esa forma con sólo la génova no era lo más adecuado. El motivo de esa decisión era que temíamos que si hacíamos un mal arreglo, la botavara volviera a salir despedida pero esta vez, con la mayor izada lo que sería bastante más peligroso. Esa decisión, que en principio nos pareció la más prudente, no fue la más correcta ya que según nos explicó un amigo más tarde, la mayor, además de dar empuje y estabilidad al barco, también realiza una función de sujeción del palo ya que sobre él ejerce una fuerza contraria a la que ejerce la génova. Así pues, al decidir navegar sin mayor y sobretodo, viniendo el viento por donde venía, sometimos a la jarcia a un esfuerzo mayor de lo necesario.

 

A medida que avanzó el día, el tiempo fue empeorando ya que la lluvia caía cada vez con más virulencia lo que no era nada agradable con los 27-28 nudos que no paraban de soplar. Mal día habíamos escogido para iniciar la travesía.

 

Dejamos atrás Saint Martín y al atardecer, entre la lluvia y las nubes, poco a poco fuimos distinguiendo Saba, una isla perteneciente a las Antillas Holandesas con una geografía espectacular ya que parecía una especie de pirámide azteca que salía del mar. Al parecer, durante muchos años en la isla no se pudo construir ninguna carretera porque se afirmaba que era imposible hasta que un habitante local, con algo más de interés que los ingenieros extranjeros que apoyaban dicha afirmación, pudo proyectar la única carretera que transcurre por la isla tras estudiar ingeniería.

 

A medida que nos acercábamos a la isla se nos despertó el interés de visitarla pero lamentablemente la alcanzamos cuando ya estaba bien entrada la noche. Así pues, sólo pudimos consolarnos observándola desde el mar a una distancia relativamente cercana sorprendiéndonos de los impresionantes acantilados que se precipitaban sobre el mar y las escasas luces que se veían encaramadas en ellos. El listado de islas que se nos quedaban pendientes de ver se incrementaba.

 

Tras salir del leve resguardo que de las olas nos ofrecía Saba, nos volvimos a encontrar con la incómoda navegación que estábamos llevando. El viento llegó a soplar a treinta y dos nudos justamente cuando nos estábamos acercando al Saba Bank.

 

El Saba Bank es un impresionante banco de arena sumergido de una extensión que alcanza las treinta millas. Rodeado de fondos de más de seiscientos metros, según la carta tenía una sonda en algunos puntos de sólo cuatro metros. Lo que más nos inquietaba del lugar era la advertencia de peligro que aparecía en la propia carta por la posible existencia de rompientes debidas al fuerte desnivel que existía en el fondo del mar. Con esa intranquilidad navegamos por la zona durante gran parte de la madrugada intentando no acercarnos a las zonas de rompientes ni a las zonas con menor profundidad aunque llegamos a ver ocho metros en el profundímetro.

 

El día 17 de mayo amaneció cuando ya habíamos dejado bastante atrás el Saba Bank con una meteorología algo nublada pero nada comparable a la del día anterior. El viento soplaba entre 20 y 24 nudos y nos entraba a unos cincuenta grados por babor. Las olas eran más grandes de lo habitual y su espuma nos rociaba con bastante frecuencia. Nos encontramos con dos grandes troncos a la deriva. El primero lo vimos con antelación y pudimos esquivarlo pero el segundo, al que sólo pudimos detectar cuando ya estábamos encima, lo rozamos aunque afortunadamente, sin consecuencias de ningún tipo. Por lo demás, el día transcurrió sin contratiempos pese alguna subida de viento que nos obligó puntualmente a enrollar un poco más la génova.

 

Por la noche fuimos acercándonos a la pequeña Isla de Aves que perteneciente a Venezuela, no debe confundirse con el más conocido y también venezolano Archipiélago de las Aves situadas entre los Roques y Bonaire. Esta isla nos levantaba la curiosidad porque en la guía náutica del Caribe no se hacía referencia a ella y en la carta únicamente aparecía como un mero arrecife con un faro. Está situada muy lejos del resto de las Pequeñas Antillas a unas 110 millas al oeste de Dominica. Y ahí, en medio de la nada, la isla emerge como máximo 3,5 metros sobre el nivel del mar los días calmos con su pequeña extensión que alcanza los 500 metros de largo por 50 metros de ancho.

 

Acercándonos a la isla oímos por la radio a la armada Venezolana que solicitaba contacto con un buque que navegaba al noreste de dicha isla. Nosotros navegábamos al noroeste por lo que no contestamos. El emisor insistió durante un tiempo sin recibir respuesta y finalmente dejó de emitir. Al cabo de un tiempo la llamada volvió a repetirse insistiendo el emisor en contactar con un barco que navegaba al noreste de la isla y ante la insistencia y por si acaso, contestamos diciendo que nosotros estábamos navegando pero no por el noreste sino por el noroeste. Efectivamente, se dirigían a nosotros. Muy educadamente aunque firme, el militar nos pidió unos datos al objeto de controlar el tráfico marítimo como nombre del barco, matrícula, lugar de partida y recalada, rumbo, etc Las preguntas eran rápidas y no nos daban tiempo a pensárnosla incluso cuando nos preguntó la velocidad. Mirábamos el GPS para saber aproximadamente a cuánto íbamos y el militar, sin esperar, nos volvió a preguntar: “velocidad por favor”. Debía creerse que íbamos en un mercante y que la velocidad la poníamos apretando un botón. Tras las incisivas preguntas, nos dio una calurosa bienvenida a Venezuela y nos invitó, si queríamos, a fondear en la isla para descansar unas horas. Era medianoche y la carta que existe de la isla era muy imprecisa por lo que no pudimos acudir a la invitación ya que hubiera sido un poco temerario acercarse al lugar en nuestras condiciones. Un pena aunque de día, seguramente sí que nos hubiéramos aproximado para ver cómo era la curiosa isla que muchos días más tarde, sí visitamos a través de internet ya que la curiosidad era mucha.

 

El tercer día de travesía estuvo más soleado aunque las olas continuaban con un buen tamaño. El viento no bajaba de veinte nudos pero con sólo la génova y las olas entrándonos por la amura, la velocidad que podíamos alcanzar era bastante pésima y nos empezamos a hacer la idea que la travesía iba a durar bastante más de lo previsto inicialmente.

 

Pasamos el día tranquilamente, charlando, escuchando música, leyendo, dormitando…

 

En el cuarto día de travesía la meteorología empeoró ligeramente respecto al día anterior. El viento soplaba alrededor de los 28 nudos entre treinta y sesenta grados por babor. Algún roción hacía presencia de vez en cuando pero el clima tropical hacía a la situación poco desagradable. La situación mejoró un poco por la tarde e intentamos apretar un poco con la velocidad para intentar llegar a nuestro destino al día siguiente antes de que oscureciera.

 

El día 20 de mayo el día se levantó mucho más relajadito aunque al poco vimos que se acercaba unas nubes muy sospechosas por lo que por precaución rizamos la génova y menos mal, porque en cuanto las nubes se acercaron, el viento se puso a soplar súbitamente a unos treinta nudos. La lluvia también hizo acto de presencia de una forma brutal ya que la vimos acercarse inexorablemente como un muro que no dejaba ver nada más allá.

 

La tormenta afortunadamente fue algo pasajero y al poco volvió el sol y el viento moderado. Abrimos de nuevo al máximo la génova con la intención de llegar de día a nuestro destino porque las cuentas no daban ningún margen. Si toda salía bien, llegaríamos con los últimos minutos de luz del día. A pesar de llevar toda la génova abierta, no conseguíamos avanzar a buena velocidad y sólo manteníamos como máximo unos míseros cuatro nudos navegando como íbamos sin mayor y sobretodo, haciendo frente a las olas que nos venían con relativo cierto tamaño por la amura y que casi nos detenían cada vez.

 

Por la tarde nos visitaron unos delfines. Se notaba que estábamos cerca de tierra. Esta especie de delfines era bastante más pequeña que las que habíamos visto antes y éstos además, tenían todo el cuerpo negro o gris oscuro y por debajo, rosado. Nos entretuvimos alrededor de una hora viendo sus surfeadas sobre las olas y sus impresionantes saltos cuando se impulsaban de una ola de mayor tamaño. En la distancia, pudimos observar como otro gran grupo de delfines nadaba con la intención de agrupar a un banco de peces y volando sobre ellos, habían aves acuáticas que aprovechando la situación, se lanzaban en picado para aprovechar el festín que se les había preparado más abajo.

 

Nos estábamos acercando a La Blanquilla pero aparte de los delfines, no había rastro de ella. A la distancia que estábamos ya debería poder observarse algo pero no éramos capaces de ver nada. Estábamos inquietos porque el sol cada vez iba bajando más y más y siempre preferíamos llegar a un sitio nuevo de día. Finalmente la vimos, una pequeña línea sobre el horizonte extraordinariamente plana. Esta falta de relieve era lo que había provocado que hasta que no estábamos muy encima no la hubiéramos podido observar.

 

Al sobrepasar la parte norte de Blanquilla nos quedamos a resguardo de las olas y entonces, ayudados por los 20 a 22 nudos de viento corrimos a unos 6 a 7 nudos de velocidad viendo incluso un 8 en el GPS.

 

Finalmente con las últimas luces del día divisamos nuestro lugar de fondeo, la Playa del Yaque, pero entre que nos aproximamos y tiramos el ancla, la noche llegó.

 

En el lugar habían dos barcos fondeados. Uno de ellos era el inconfundible velero Alea, con su característico casco naranja y sus simpáticos tripulantes Johan y Silvia, a los que conocimos en Tobago Cays. Era ya de noche y estábamos cansados por lo que decidimos que ya les saludaríamos al día siguiente y nos fuimos relativamente pronto a dormir.

 

El día 21 de mayo nos despertamos y pudimos apreciar con más detalle la belleza del lugar. Una larga playa de arena blanca se situaba enfrente de nosotros que estábamos flotando sobre unas aguas cristalinas de un profundo color azul turquesa debido a la propia arena blanca que había en el fondo. Más allá de la playa, el terreno era plano, muy rocoso y se intuía maleza por todos lados. La vegetación era de un clima muy seco propio de una zona que debía recibir muy pocas precipitaciones. Las plantas tenían pues un color con tonos marrones lejos de los verdes que ofrecía la vegetación tropical de las altas islas de las Pequeñas Antillas. Las palmeras también brillaban por su ausencia excepto cuatro ejemplares que de forma aislada, habían crecido sobre la arena de la playa. Y aparte de eso, nada más. Ninguna casa, ninguna persona. Era una isla casi desierta aparte de los pescadores que acudían a la isla a buscar su sustento y un pequeño destacamento de guardacostas de la Armada Venezolana que al parecer, estaban situados en el sur de la isla.

 

Desde el Alea, Johan y Silvia nos dijeron que pusiéramos el canal 77 de la VHF para poder hablar más cómodamente. Al parecer, ese canal es el que usan los españoles cuando navegan por ahí para hablar entre ellos. Nos saludamos y nos alegramos ambos de haber coincidido en la isla. Sabíamos, porque nos habíamos escrito previamente por correo electrónico, que podríamos vernos pero no sabíamos a ciencia cierta si al final podría ser así.

 

También se pusieron a la radio los integrantes del otro barco que había fondeado frente a la playa y que resultó ser también español. El velero se llamaba Cibeles y sus integrantes, Julio y Maribel, llevaban la friolera de veintisiete años navegando.

 

Tras el desayuno, vinieron todos al Piropo con los auxiliares y estuvimos charlando y tomando café. Más tarde, decidimos todos coger los bártulos de buceo y dirigirnos a la playa para bucear un poco.

 

En la playa, Julio intentó recordar cómo se lanzaba la atarraya o esparavel que es una red de pesca circular con pesos en los extremos que se lanza a mano desde la playa con el objeto de pescar pequeños peces. Es una forma de pescar muy estética y nos interesamos mucho en ver cómo se hacía y pese a la falta de práctica, Julio logró pescar algunos peces que dado su escaso número, volvimos a tirar al mar aún vivos.

 

Volvimos luego a los barcos y quedamos para comer en el Alea. Maribel preparó un pescado troceado y rebozado que estaba tan rico, que entraba sólo. Silvia por su parte preparó una fideuá que desapareció rápidamente porque también estaba buenísima y Sandra por su parte, preparó una ensalada. La sobremesa se alargó y alargó y nos quedamos en el Alea hasta las nueve y media de la noche hablando de mil cosas. La verdad es que fue una tarde muy agradable y nosotros no debimos tener suficiente porque cuando regresamos a nuestro Piropo, aún nos quedamos charlando un buen rato más, hasta las doce y media de la noche.

 

El 22 de mayo el Cibeles, previa inspección con el auxiliar de que no había nadie, decidió cambiar de ubicación hacia un poco más al norte, hacia la Bahía del Americano. Ya nos habían comentado el día anterior que podríamos cambiarnos porque en su anterior estancia en la isla (27 años dan para mucho) habían estado en dicha bahía y les había gustado mucho porque al parecer era muy pequeña y coqueta, y tenía muy buenos lugares para bucear. El Alea les siguió al poco y nosotros, un poco más remolones, fuimos los últimos en movernos.

 

Realizando la cortísima travesía que separaba la playa del Yaque de la Bahía del Americano Fresita dejo de recibir la señal del GPS. Sandra se quedó al timón mientras Dani bajó a indagar qué era lo que podía fallar pero no fue capaz de solucionarlo. Los siguientes días siguió intentándolo perdiendo incluso una mañana entera probando diferentes cosas pero con igual resultado negativo. Finalmente, el hermano de Dani descubrió que lo que había pasado era que el propio receptor GPS se había estropeado en pleno funcionamiento. Era un receptor marca Haicom, negro, pequeño y cuadrado de los que se conectan por USB mediante un cable al ordenador. El otro receptor del mismo modelo con el que contábamos en nuestra partida y que había dejado de funcionar en Cabo Verde también estaba estropeado por lo que la fiabilidad de esos aparatos dejaba bastante que desear para el uso que le estábamos dando.

 

Sin plotter continuamos la cortísima travesía que debíamos realizar para llegar a la Bahía del Americano y que consistía únicamente en doblar un cabo. Nuestra guía náutica no señalaba el lugar al que nos dirigíamos como un lugar adecuado para el fondeo y simplemente lo mencionaba como un lugar que podía visitarse con el auxiliar.  Cuando observamos la bahía entendimos un poco el porqué y es que dicho lugar era bastante pequeño. No obstante, fondeamos sin problemas los tres barcos aunque eso sí, afortunadamente el viento en esa época no rolaba porque si así fuera, en un borneo alguno de los barcos hubiera tocado las rocas seguro. Lo peor en nuestro caso era que después de tantos meses fondeando continuamente, se nos habían borrado las marcas que con pintura, habíamos puesto en la cadena. En los últimos fondeos no habíamos tenido problemas porque como no habían estrecheces, simplemente echábamos los 50 metros de cadena con los que contábamos en el barco y listo, pero ese día, no podíamos echarla toda y sin marcas, no sabíamos con precisión cuánta habíamos echado. No obstante, intuíamos que habíamos echado más que suficiente para el relativo poco fondo que había pero aún así, estuvimos controlando un buen rato que no garreara el ancla ya que la distancia que había a las rocas no daba margen para ningún error.

 

La Bahía del Americano era verdaderamente un lugar muy especial. Con una forma de pequeña herradura de acantilados de unos diez metros, contaba con una playa de arena blanquísima en su parte más profunda y unas aguas totalmente cristalinas. Los acantilados estaban formados de una especie de roca sedimentaria por lo que eran bastante inestables y los derrumbamientos creaban unos fondos preciosos para bucear incluyendo largos túneles.

 

Intuíamos que en el lugar, íbamos a pasar unos días muy agradables.

 

Tras intentar arreglar el GPS sin éxito durante un buen rato, desembarcamos en la playa donde estaban Julio y Maribel que ya se volvían a su barco. A la playa también llegaron los Alea y juntos fuimos a pasear hasta el cabo donde había un larguísimo puente natural creado por el derrumbamiento de su parte inferior. Tras el paseo, nosotros nos fuimos a bucear un poco por el lugar. Julio estaba buceando e intentando pescar y observamos bastante admirados cómo evolucionaba bajo el agua y lo profundo que se sumergía sin ningún esfuerzo aparente. En una de las inmersiones disparó con su arpón y consiguió pescar un pargo que más parecía una ballena que otra cosa por su tamaño ya que debía medir de alto unos 40 centímetros.

 

Buceando por el lugar vimos por primera vez un pez león. Su apariencia es espectacular con unas aletas pectorales muy extendidas que cuentan con membranas que les hacen parecer abanicos. Nadaba lentamente de forma majestuosa. Sin duda, era uno de los peces más bonitos que existen. No obstante, no era una buena noticia el verlo por allí ya que al parecer es un pez originario del Océano Pacífico e Índico que ha conseguido introducirse en el Caribe y al no tener depredadores en este mar, se está reproduciendo a gran velocidad pudiéndose considerar ya como una plaga. 

 

Tras el encuentro con el fantástico pez seguimos buceando observando el rico fondo rocoso que tenía en ocasiones largos túneles por los que podíamos asomarnos pero sin ir más allá.

 

Por la tarde, Johan, del Alea, sin que se lo pidiéramos y por propia iniciativa, se pasó por el barco para ayudarnos a arreglar la escota de la mayor. Se llevó la pieza rota a su barco y nos la devolvió al cabo de un rato con un apaño que bien podía quedarse como arreglo definitivo. Johan, como siempre, tan dispuesto a ayudar.

 

Por la noche, los Cibeles nos invitaron a todos a cenar a su barco entre otras cosas, el pargo enorme que habían pescado por la mañana. Cenamos también un rico cuscus cocinado por Silvia y un arroz con leche preparado por Sandra. Antes de empezar a cenar, Maribel nos preparó unos cocteles tan ricos, que incluso Dani que no le gustan las bebidas alcohólicas se tomó uno dado que especialmente se lo había preparado bastante dulce. Todos juntos, como siempre, pasamos una muy agradable noche.

 

Al día siguiente por la mañana, Julio nos llamó por la radio para que fuéramos a su barco e hiciéramos el trasvase de información que teníamos pendiente. Nosotros le pasamos el material que teníamos y él nos pasó el suyo que era bastante más abundante. De paso, nos enseñaron el barco dado que la noche anterior no había dado tiempo. El barco era precioso y muy confortable, decorado con algunos recuerdos de las diferentes escalas de su vuelta al mundo. A la alegre reunión se unieron los Alea y juntos, estuvimos un buen rato charlando. Más tarde nos despedimos porque, tras la comida, tanto el Alea como el Cibeles partían hacia Puerto de la Cruz.

 

Por la tarde el Alea y el Cibeles levaron anclas uno detrás de otro y, mientras pasaban por el lado del Piropo, nos despedimos con la mano. La despedida de todas formas no fue triste porque en breve, los volveríamos a ver de nuevo en Puerto de la Cruz a donde nosotros también teníamos previsto dirigirnos en un par de días.

 

Nos quedábamos pues solos en la maravillosa isla de La Blanquilla. Pocas veces hasta la fecha y muy a nuestro pesar habíamos conseguido estar solos en un fondeo. Sólo lo habíamos conseguido en Barbuda y por muy poco tiempo. Pero en Blanquilla íbamos a estar totalmente solos.

 

Lo que quedaba de tarde la aprovechamos para levantar el fondeo y tirar el ancla un poco más cerca de la costa y un poco más alejados de las rocas que teníamos a nuestra popa. De esta forma, podíamos echar sin problema toda nuestra cadena.

 

El día 24 de mayo desembarcamos en la playa para explorar un poco la isla. No encontramos el camino que la guía citaba y por el que presuntamente, se podía llegar el pequeño asentamiento de la parte sur de la isla donde estaban los guardacostas y los pescadores aunque vimos muchos senderos sin destino aparente realizados por los burros salvajes que habitaban la isla. La vegetación del lugar podría calificarse como un perfecto secarral ya que sólo lo conformaban en su mayor parte arbustos y cactus muy bajos pero con pinchos enormes. Cuando caminabas por los senderos debíamos ir con mucho cuidado para no pincharnos con ellos.

 

Nos dirigimos caminando en dirección sur bordeando los acantilados que tenían muchas grietas, huecos y puentes naturales. De detrás de unas rocas salió un búho con grandes ojos amarillos que nos observaban atentamente. De vuelta, observamos desde el acantilado las vistas de la pequeña bahía con el Piropo fondeado en medio de la herradura que formaban los acantilados. También divisamos un arrecife oscuro que estaba relativamente cerca del barco y que antes no habíamos detectado. De repente nos percatamos que el presunto arrecife se movía ligeramente. Un poco extraño. Entonces nos dimos cuenta que era un banco de peces minúsculos tan compacto que parecía una roca. Lo más sorprendente es que estaba casi inmóvil y se pasó allí todo el día.

 

Más tarde buceamos y nos dirigimos hacia la bola compacta y perfecta que formaba el banco de peces. A medida que nos acercábamos, sin prisas, los miles y miles de pececillos que lo formaban se desplazaban lentamente en una dirección al objeto de separarse de nosotros y si nosotros queríamos cortarles la salida, ellos, al unísono, cambiaban de dirección. ¿Cómo harían para moverse tantos millares de peces tan simultáneamente?

 

Seguimos buceando y al poco, vimos al animal más impresionante que hemos visto sumergidos hasta la fecha. Enorme y tranquilo, descansaba casi inmóvil en el fondo del mar en una pequeña zona de arena. Era una raya látigo de unos dos metros de envergadura. La contemplamos un buen rato maravillados y nos encantó comprobar que en la naturaleza existan ejemplares tan espectaculares.

 

Nuestro último día en Blanquilla comenzó con un sobresalto. Estando en la bañera vimos una lancha cargada de militares vestidos como si fueran a hacer un desembarco dirigiéndose hacia nosotros a toda velocidad con sus metralletas al hombro. Los rumores que nos habían llegado de la autoridad en Venezuela no eran demasiado buenos por lo que temimos que, buscando cualquier excusa, nos quisieran extorsionar un poco como ya nos había pasado a nosotros en otros viajes. Muy serios, los militares abarloaron su lancha a nuestro barco y embarcó al Piropo el que debía ser el jefe y un soldado. Afortunadamente, su actuación fue muy respetuosa y su presencia se limitó a realizar una inspección visual muy somera del barco y a registrar nuestra presencia en la isla. Entre pregunta y pregunta oficial, se colaba alguna que saciaba su curiosidad como por ejemplo de dónde éramos, de qué trabajábamos, de qué vivíamos… La cuestión económica siempre era algo que levantaba mucho la curiosidad sobre todo en estos países, que lamentablemente viven tan justos y al día. Aquí les es muy difícil imaginar que en otros países con mayor nivel de vida, si se tiene la fortuna de tener una buena profesión y muy pocos gastos, con una vida relativamente austera se puede ahorrar suficiente para poder realizar un viaje de este tipo durante un determinado período de tiempo. Aprovechamos también la conversación para preguntarles cómo estaba el tema de la seguridad en el país y nos comentaron que estaban trabajando mucho en ello y que había más bases de guardacostas que antes. De todas formas, nos confirmaron que en alta mar (en la costa siempre es probable un encuentro con los “malandros”), el Golfo de Paria era muy peligroso por los traficantes con Trinidad y Tobago y Margarita, pese a las mejoras habidas, seguía siendo muy poco recomendable. También nos comentaron cuando vieron nuestro arpón que estaban prohibidos en Venezuela porque se consideraban un arma pero aparte de esa mención, no nos dijo qué teníamos que hacer con el mismo por lo que lo dejamos donde estaba. La extorsión finalmente no se produjo aunque sí que se llevaron algo del Piropo. Sandra, viendo que estaban muy sofocados les ofreció algo para beber y ellos escogieron nuestras únicas cinco latas de refrescos que llevábamos para algún día especial. Como no llevábamos nevera en el barco, prefirieron no tomárselas en el momento y se las llevaron para refrescarlas en la nevera de su cuartel. Una situación que nos pareció un poco curiosa pero aparte de eso, la inspección y el control se hicieron con la máxima amabilidad y respeto. Pudimos oír incluso, aunque el jefe se lo dijo en un susurro al subalterno, que la inspección se hiciera muy superficialmente para no molestarnos.

 

Tras la marcha de los militares nos fuimos a bucear un rato y… ¡Dani consiguió su primera pesca de peces con arpón! Aunque la verdad, las presas no eran para estar demasiado orgulloso ya que fueron dos peces ardilla, unos peces de arrecife, naranjas con grandes ojos negros que llenos de espinas, siempre permanecen casi inmóviles en las cuevas mirándote fijamente. Una pena disparar contra algo tan inmóvil que te mira tan directamente pero… ¡frititos, están bien buenos!

 

El resto del día lo pasamos tranquilamente bañándonos, nadando hasta la playa y observando los pequeños loros que de vez en cuando, volaban entre algunos árboles.

 

En conclusión, Blanquilla, de las islas que hemos conocido, ha sido uno de los mejores lugares para estar fondeados en todo el Caribe.

 

En la próxima entrada seguiremos narrando nuestra visita a Venezuela.

 

Un saludo.

 

   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   

2 comentarios a “TRAVESÍA DEL MAR CARIBE Y ESTANCIA EN LA BLANQUILLA: Travesía de Baie de Marigot (Saint Martin) a Playa del Yaque en la Isla de La Blanquilla (Venezuela) y días de estancia en esta isla. Del 16 al 25 de mayo de 2012.”

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    ¡Hola que lindo lugar, me gustaría saber cómo puedo ir a partir de puerto la cruz, tengo 30 días de vacaciones y me encantaría conocer ese lugar! ¡Abrazos!

  • Hija que playas , el piropo sale guapisimo en todas las fotos , vosotros tambien jejejeee . Un beso.

Post comment on Roberto Gomes